Capítulo I: Marianis Salazar persigue la élite del ciclismo de pista

 

Marianis Salazar en la sala de su casa en los Girasoles en Barranquilla. (Foto / David Moran)



Por Nilson Romo Mendoza 

Marianis Salazar Sánchez (Barranquilla 2003), la campeona panamericana junior de ciclismo de velocidad 2019 pasó el desierto en medio de la pandemia del Covid-19: 23 meses sin competir, solo entrenamientos en el velódromo Rafael Vásquez, una lesión de clavícula, una enfermedad del corazón de su padre, convocatorias a preselección Colombia y un llamado en la última semana de junio para su debut en el Panamericano Élite de Pista en Perú.

El regreso y el volver a sentirse ciclista de pista le ha dado un récord personal en los 200 metros (35.699 segundos) y una medalla de bronce en los 500 metros. El mérito de estar entre las tres mejores de una final toma brillo al superar a 11 pedalistas mayores y hasta con 10 años de experiencia.

La historia de Marianis Salazar en el ciclismo de pista se está escribiendo, y en las primeras páginas tiene unas fotos de una niña de mejillas sobresalientes con las medallas panamericanas colgadas y ganadas en Guadalajara, México en 2019. Dos años después sus cachetes han dado paso a los brotes de acné. Es el gen de su padre, que también heredó su hermano Luis Fernando, y son las señales de la pubertad, de los cambios físicos de la niña a la mujer.

 Fernando Salazar, conductor de vehículo pesado en una multilatina colombiana, es su padre y la describe ahora como una mujer más moderada, aunque extraña a la niña de sus ojos que vivió su infancia en el barrio 7 de Abril.

 El progenitor chasquea los dedos de su mano izquierda y afirma que era un “show”, una “chispa” para conversar.

—Se pasaba. No es que ella sea así, que no le gusta hablar. Nosotros que la conocemos sabemos que ahora por su cambio físico es así.

 

La infancia de Luis Fernando y Marianis en 7 de abril fue con mucha prevención. El padre, que conoce el barrio desde hace más de 30 años y con sus ancestros hechos en este popular sector barranquillero, buscó como salir de un entorno que, junto a su pareja, lo incomodaba.

La ausencia de seguridad, causada por algunos vecinos que alteraban la tranquilidad de algunas calles del barrio, las disputas de jóvenes armados con piedras y arropados por pandillas, la música de pico estridente en cualquier día de la semana amenizando y elevando emociones, obligó a los padres a tener los hijos como aves protegiendo su nido y los polluelos.

 Al vender su vivienda y adquirir la casa en los Girasoles, sector paralelo a la Circunvalar a un kilómetro del estadio Roberto Meléndez, sintieron el cambio.

 Llegaron al nuevo hogar sin saber nada de ciclismo, con una paz en sus oídos más para los padres que para los pequeños.

Luis Fernando, hermano mayor de Marianis, fue un niño muy tranquilo al llegar a los Girasoles. Marianis Salazar era lo contrario.

En esas conversaciones de infantes y la observación con sorpresa de los padres, Marianis con escasos 4 años dijo una vez en la adaptación al nuevo barrio:

—Luis Fer allá vienen unos pelaitos. Yo los llamo. Tú le hablas para hacer amiguitos.

—Marianis entrompó. Iba con todo —agrega Fernando Salazar.

En los minutos previos a un entrenamiento en noviembre de 2020, el Velódromo Rafael Vásquez, con la rutina de sacar las bicicletas, los accesorios de maletines, las gafas, cascos, zapatillas, ruedas, herramientas y refugiarse del sol, Marianis habló fuerte con sus compañeros de pista. Se escuchó una voz, como los barranquilleros del suroccidente o suroriente, y una sonrisa resonante.

Fernando Salazar la excusa diciendo que ha tenido más amigos hombres que amigas, y como el ciclismo local hay más varones, los modos aprendidos tendrán que separarse.

Habla el padre de su hija.

—Hemos estado orientándola con una psicóloga para saberla manejar. La gente cree que ella no quiere hablar y por eso las ayudas que le hemos buscado. Encontramos en el colegio privado San Bernardo de Soledad en 2019, un apoyo gracias a Dios para estudiar los dos últimos años de su bachillerato. Y ahora inició el curso de inglés.

—Ella tiene un carácter fuerte —agrega su hermano Luis Fernando.

Marianis en el velódromo, entre sus compañeros de club, muestra esas características de aquella niña que sacaba carcajadas a quienes la escuchaban.

 En una de esas carreras regionales fuera de la ciudad, ocurrió un accidente desafortunado, y Marianis sacó su picardía para retratar el hecho.

 

Marianis Salazar colgando su bicicleta en el velódromo de Barranquilla (Foto / David Moran)


Federico, ciclista barranquillero, llegó pavoneándose con un uniforme dorado antes de la carrera de ruta. El uniforme brillante llenaba la retina en el pelotón y como una muestra de sus deseos de ganar. A escasos 10 metros de la meta, Federico iba al frente de la competencia, estaba llamado a imponerse, pero lo inesperado llegó con el ataque de un perseguidor. Como la fábula de la liebre y la tortuga, Federico no miró atrás, se vio primero al ver la meta cerca, levantó los brazos para dejar correr sin pedaleo su bicicleta. El perseguidor sacó fuerzas y con un ataque final sobre la línea de llegada ganó con un efecto doble que en la definición desestabilizó a Federico. El ciclista dorado rodó sobre la vía, la piel de uniforme de oro se rasgó y las raspaduras con sangre brotaron. 

Marianis estaba entre los espectadores, después de la caída y comentando con Fernando su padre dijo:

—Papá cayó en bola. Sí, sí, sí en bola. (risas).

 

 

Comentarios

  1. Excelente historia, muchas felicidades y bendiciones para el periodista Nilson Romo

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