La mejor medalla para Raúl Mena
El atleta en sus últimos entrenamientos en el estadio Rafael Cotes de Barranquilla antes de viajar a Tokio. (Foto / David Moran)
Séptima y última crónica. El debut en los Olímpicos, la eliminación en la primera serie del relevo, el mejor tiempo personal, el recibimiento de la familia y un robo que enseña.
Por Nilson Romo Mendoza
Las primeras horas del 6 de agosto no le permitieron tener un descanso tranquilo a Asalia. A las 2 de la mañana abrió sus ojos negros y volvió a caerse de sueño. Dormía en el cuarto de Raúl, el primero de la casa. Después a las 3:30 de la mañana entró en el sueño de la liebre; recordó y miró al cielo raso, se levantó e hizo un ruego a Dios: "Señor purifica todo, toma control de mi hijo, dale confianza y quita todos los miedos". A las 4 de la mañana se levantó, se cambió y buscó las 2 libras de yuca guardadas, encendió el fósforo que puso la mecha del fogón, hecho agua en una olla, despellejo el tubérculo y lo sumergió en el agua que bullía.
Aún
con la penumbra, su hermana Alicia había llegado de la clínica, donde estuvo
por su insuficiencia renal y es tratada con diálisis.
En Tokio, Japón eran las 5:30 de la tarde. Raúl Mena mantuvo el contacto con su madre a pesar que había ingresado a una dirección web que no estaba permitida en este país y bloqueó la red social Instagram. Al país del Pacífico llegó con miles de seguidores en su cuenta y unos días después los perdió.
A su primera olimpiada y con el equipo de relevo de 4x400 de Colombia, Mena llegó pasando primero por Madrid. A la capital de España llegó desde Bogotá luego de 12 horas de vuelo, se bajó del avión, se puso a órdenes del entrenador Nelson Gutiérrez y corrió los 400 libres en 46.5 segundos.
Atravesar
el Atlántico pasó factura con el agotamiento en los isquiotibiales que no le
permitieron correr su segunda competencia de 400 metros en el Europe Silver
Meeting de Madrid. Con los relevistas, elegidos para los Juegos Olímpicos en
cabeza de Anthony Zambrano, Diego Palomeque, Alejandro Perlaza y Jhon Solís, se
integró sin necesidad de adaptación.
Michael
Gutiérrez, su entrenador, mantenía la comunicación sobre cóManmo empalmar sus
entrenamientos con los de Nelson Gutiérrez. Sabía lo que vivía y experimentaba
Raúl.
Desde
Barranquilla indicaba que actividades físicas debía hacer para llegar a Tokio
con un pico alto de forma, sin fuertes cargas y listo para soltarse en las
carreras. En un juego mental, Michael dijo que si estuviera en los zapatos de
Nelson Gutiérrez, el seleccionador, pondría a Raúl Mena de segundo en el
relevo.
“Colombia
tiene opciones para meterse entre los cinco mejores si tenemos a un corredor
que pueda bajar de los 45 segundos, los otros tendrían que mantenerse”,
analizó.
Diego
Palomeque corrió 45.25 en un 400 metros en el encuentro de Madrid, mientras que
Anthony Zambrano empezó a mandar mensajes con sus carreras y ganándole a
medallistas olímpicos como el sudafricano Wayde van Niekerk.
Mena
celebró tres días después de su llegada sus 26 años de vida, y un día después
de la apertura y ceremonia de los Juegos Olímpicos, en la cual vistió el kimono
y en su cabeza se puso el sombrero vueltiao.
Caterine
Ibargüen, la medallista olímpica, encabezó el grupo de atletas que le cantaron
el feliz cumpleaños con un pastel con crema de chocolate en el pasillo de la
habitación 615 de la Villa Olímpica.
Dieciséis
días después, el día del debut de su hijo, Asalia estaba nerviosa. El 5 de
agosto Anthony Zambrano atrajo todos los focos en Barranquilla, ciudad
futbolera, por su segundo lugar y la medalla de plata en los 400 metros libres.
La hazaña lo dejó al límite que lo sacó de correr con el relevo.
Raúl
le contó a su mamá en las llamadas que en Japón no vio ni un papel de chicle,
ni colillas de cigarrillos tirado en la calle. Hizo comparaciones entre Tokio y
Barranquilla de las que extrañaba las carretillas de vendedores. Desde el
distrito costero de Harumi, y concentrado en una de las 23 torres de la villa
olímpica, el silencio de la capital japonesa en medio del confinamiento le
hacía ver todo más grande: los trenes, los edificios, el mar.
A
las 6 de la mañana en San Pachito en una de las cuatro esquinas de la calle 74
con carrera 67, Andrés, el vendedor de fritos y vecino, no abrió su venta. A
Luis Carlos, el primo de Raúl, le extrañó que ese viernes no estuviera la vitrina
con las arepas y empanadas sobre una mesa.
De pie en la tercera punta de las cuatro esquinas, Luis Carlos vio a un vendedor de tinto en la carrera 66, lo llamó mientras cinco vecinos llegaron a acompañarlo en una pequeña tertulia de la mañana. Uno de estos preguntó a Luis Carlos:
—¿A
qué hora es que corre Raúl?
—A
las siete. Ojalá le vaya bien.
—Yo
me acuerdo cuando el boxeador Irene Mambaco Pacheco ganó el título del mundo. San
Pachito recibió el carro de bomberos con una fiesta. Cuando llegó a su casa le
dijo a sus familiares: ¡lo hice!
Un
gallo cantó cuatro veces, tres palomas caseras aterrizaron cerca del mojón qué
señala la calle 74 y carrera 67. Un motociclista frenó al lado del vendedor de
tinto y preguntó a los que se encontraban allí a qué hora corría Mena. Le
respondieron que en una hora y media. El motociclista arrancó con el trinó de
una “chicha fría” (pinangus), ave de cabeza negra, línea blanca, pico largo y
plumaje amarillo y café desde la copa de un roble morado.
Luis
Carlos, con cara de quién acaba de dejar la cama, insistió:
—Vine
a comerme mi arepa. ¿Qué le pasó a Andrés?
—¿A
qué hora corre Raúl?
—Ya
en unos minutos.
—Entonces
voy a verlo.
A las 6:17 de la mañana, Rosa, hermana de Asalia, salió hacia su trabajo, cerca de la Universidad Metropolitana, caminó hacia la calle 76, mientras en la esquina de la 67 llegó Orlando Pineda, el exitoso entrenador de boxeadores. Saludó a los vecinos cómo era su costumbre, aunque el gimnasio de cuadrilátero, ubicado a 250 metros no prestaba sus servicios.
A
15 minutos de la hora de la carrera, la casa de las Pedroza, abrió su puerta y
en la ventana, Moisés, sobrino de Raúl, extendió una bandera de Colombia, un
día antes de la fiesta nacional del 7 de agosto.
En
la sala ubicaron cinco sillas que hicieron un pasillo para que el televisor
convencional de pantalla gris y 21 pulgadas permaneciera de frente para el
visitante y sobre un parlante de equipo de sonido.
Regina,
vecina de la casa de la izquierda, había barrido, trapeado el piso gris. Unos
minutos antes molestó a Moisés, el sobrino de Raúl, moviendo los labios bezudos.
La
mujer llegó en chancletas, con el cabello recogido y desde la puerta dijo que
la señal de su televisor se había dañado. Entró con confianza y se sentó para
clavar la mirada en la transmisión de televisión de la carrera junto a Jorge, hermano de
Raúl, Luis Carlos, Asalia, Moisés, Alicia y Yesenia.
La
carrera de la serie dos del relevo 4x400 arrancó a las 6:30, y los aplausos de Yesenia y
Asalia rompieron la tranquilidad. Por el carril tres, Jhon Perlaza comenzó la
primera vuelta para Colombia. Polonia y Jamaica pusieron adelante a sus
corredores.
Yesenia
gritaba: ¡Vamos Palomeque!
Regina
se sumó a esos aplausos que fueron subiendo cuando apareció Raúl con el tercer
testimonio. Jorge se tocó la gorra negra con visera hacia atrás, y Luis Carlos
sonrió. Mena tocó la pierna derecha del sudafricano Ranti Dikgale.
—Vamos
Raúl. Vamos, Dios mío ayúdalo! —gritó Yesenia.
Brandon,
el perro de la casa, movía la cola como la aguja de un tensiómetro y miraba a
Yesenia. La carrera alteró ciertos movimientos del cuerpo y sacó ademanes.
Asalia aplaudió, ladeó el tronco hacia adelante y hacia atrás. Y en el estadio
Olímpico de Tokio, la pista puso a cada relevo en su lugar.
Colombia
no tuvo el mejor remate y ocupó el puesto nueve. Polonia, medallista en los
Mundiales de Relevo marcó 2 minutos 58 segundos 55 centésimas, Jamaica,
segunda (2:58.29) y Bélgica, tercera (2:59.37). Para la posta colombiana la
eliminación dejó los detalles: Mena fue el tercer más rápido en
correr los 400 metros lanzados con 44 segundos 98 centésimas, y Palomeque, el
quinto mejor tiempo individual 44.99. Perlaza (46.4) y Solís (46.81) que cerró
el cuarteto que detuvo el reloj en 3 minutos 03 segundos, 20 centésimas.
Alicia,
la única con tapabocas en la sala (en el marco de la puerta un letrero advierte
que quien entre debe ponerse mascarilla debido a la presencia de un adulto
mayor) cuando escuchó al narrador de la carrera decir que Polonia, Jamaica y
Bélgica ocuparon los tres puestos de clasificación, se tapó la cara y agachó la
cabeza.
El
run run de la carrera rebotó en la sala con las opiniones de cada uno de los
asistentes.
—Para
mí Raúl debió salir primero en el relevo. A Solís lo vi lento —dijo Jorge.
—No
pensemos que le fue todo mal. Fue su primer olímpico y estuvo entre los mejores
del mundo —agregó Yesenia.
Asalia
salió a la terraza y le envió un audio de voz a través de su teléfono a Raúl:
“Lo hiciste bien. No todo está perdido”.
Jordan,
el pequeño hijo del barbero Edwin Gutiérrez, pasó de la mano de una mujer rumbo
al colegio, y le dijo a Asalia:
—Raúl
perdió.
—Sí
hijo.
Este
día está marcado para el atletismo de Barranquilla y el Atlántico: Mena se
convirtió en el segundo velocista barranquillero que corrió en una olimpiada
después de Briggite Merlano (Londres 2012 y Río de Janeiro 2016). Anthony
Zambrano, medallista de plata en los 400 metros en los 400 libres en Japón, y
Río de Janeiro 2016, junto a Paulo Villar (Pekín 2008 y Londres 2012) completan
el póker de atletas de la Liga del Atlántico en las máximas justas.
Asalia
expresó un consuelo:
—Raúl,
igual que a Caterine Ibargüen, en sus primeros olímpicos no le fue bien, y lo
que viene tendrá que ser mejor.
La
llamada de Raúl entró al teléfono móvil de la madre 42 minutos después de
finalizada la competencia. Jorge estaba a su lado y escucharon sus primeras
reacciones desde el estadio de Tokio. Mena dijo que Perlaza estaba tocado, que
tenía algo de impotencia y “rabia” porque recortó distancia para entregar el
testimonio a Solis.
Asalia
respondía con un “amén” a todo el desahogo de su hijo que aún tenía la
respiración agitada.
—Sé
cómo te sientes. Pero te estamos esperando con una sorpresa. Acuérdate de
Caterine.
—No
tengo que parar, y voy para adelante. Hicimos la mejor marca y sin Anthony
Zambrano.
—La
falla fue la salida —dijo Jorge.
—Hicimos
nuestro mejor esfuerzo.
—Te
ibas a llevar al africano.
—Nos
tropezamos ja,ja,ja. Estoy sofocado. Voy a buscar agua. Me ahogo.
Raúl hablaba e iba caminando por una de las áreas para los deportivas y pasó por un buffet. Desde la pantalla, Jorge vio bananos:
—Veo lo que a ti te gusta: guineo.
***
Raúl
Mena llegó a Barranquilla, el miércoles 11 de agosto a las 10:45. Pudo llegar
antes a Colombia, pero el atleta admitió que al caer el telón de los Juegos
Olímpicos y el peaje pagado con su esfuerzo, se permitió una licencia: bebió
unos tragos, celebró con los integrantes del relevo y con unos atletas
dominicanos. El exceso lo confundió en los horarios y perdió el vuelo de 11
horas entre Tokio y París.
La
noche de este miércoles bajó del avión y desde la sala para recibir las maletas
vio un grupo de personas con camisetas amarillas en las que se leía su nombre y
los dos apellidos, la bandera de Colombia y la leyenda Tokio 2020.
Raúl
llegó sin equipaje. Solo traía en las manos objetos personales. La pérdida del
vuelo causó que sus maletas llegaran dos días después. En la sala del aeropuerto hizo el gesto de sorprendido y extrañado. Buscó a su
madre, hizo la mueca como quién dice: ¿esto es para tanto? y con el abrazo de
su mamá dijo:
—¿De
dónde sacaron esas camisetas?
—Hay
papi. Este es tu grupo de fans. Jiji (la risa de hilo de Asalia). Lo hicimos
entre tu tía y tu prima.
Orlando
Ibarra, el presidente de la Liga de Atletismo del Atlántico, con su esposa
apreciaba el recibimiento familiar.
Esa
timidez, que subraya Asalia de su hijo, no le permitió tener una emoción en
sintonía con el cariño de la familia Pedroza y no encontraba motivos para
reunirse.
Diana,
prima de Raúl y una mujer de cabello negro ondulado, y ojos café encantadores,
creó un grupo de Whatsapp de la familia con 24 personas e invitó para juntos
organizar un recibimiento inolvidable.
Al
día siguiente, Raúl se levantó con los efectos del jet lag en horas de
la tarde y se fue para la barbería de Edwin Gutiérrez, ahora en servicio en la
calle 72. Estuvo despierto hasta las 4 de la mañana.
Con
la camiseta de la selección Colombia puesta y un yin hasta la rodilla esperó
más de una hora para ser atendido. Su primo Jaime llegó y antes de cortarse el
cabello habló sobre la estrategia que tenía para recuperar seguidores en su red
social.
Edwin
Gutiérrez lo invitó a sentarse, lo forró con su capa desde el cuello y comenzó
a pasar la máquina. El otro estilista en turno contaba algunos chistes:
—Están
prestando 150 millones de pesos solo presentando la cédula.
—No
jodaaa.
—¿Dónde?
—En
una aplicación. Y lo vas a pagar con 2.000 pesos todos los días por 150 años.
Ja,ja,ja.
Raúl
sacó una risa cómplice. Como si el cuento lo hubiera escuchado antes.
Edwin
con cara de serio buscaba las cosquillas y la sonrisa a los que esperaban
servicio. Otros dos clientes sentados seguían escuchando el cuento del plan que
habla… la conversación llegó al barrio. A recuerdos como el día que un bus, que
pasó hasta antes de la primera década de este siglo por la carrera 67,
atropelló a un niño. Edwin tiene nítido que el pequeño salió de su casa
corriendo y fue impactado. Dice que corrió porque su papá le iba a pegar.
—De
San Pachito han dicho de todo. Que es un barrio caliente. La otra vez estaban
discutiendo Fredy, el ciego, con petete, y alguien dijo: Uy zona cuidado con un
peñón. Todos salieron corriendo.
Algunos
conocidos identificaron en la peluquería a Raúl Mena:
—Raúl
te la vacilaste.
El
corte de cabello, raso y la acicalada no dejó contento a Mena, a pesar que se
miró en el espejo.
No
se atrevió a expresar su inconformismo. Salió del local de paredes de vidrios e
instalado al lado de un gimnasio.
Caminó
por la calle 72 rumbó a la casa, donde lo esperaban 17 familiares y amigos, y
una sopa caliente, espesa con fríjol, cerdo y carne.
En
sus pasos con Jaime, tres señoras adultas mayores lo reconocieron; otro
conocido le dijo ofreciéndole el puño:
—Bien
mi hermanito felicitaciones.
Una
vecina lo vio pasar al terminar la calle 72 y entrar por la carrera 69. Esperó
que pasara por el frente de la terraza, se agachara, amarrara el cordón de uno
de los zapatos deportivos negro, se levantara y le dijo:
—Raúl
nos dejaste frío.
—Se
hizo lo que se pudo.
Al
entrar a la calle 74 y a unos 4 metros de la calle 67, esa esquina donde en las
noches funciona una venta de fritos y comidas rápidas, de la venezolana
Liliana, saludó a dos amigos, comentó sobre su carrera en Tokio, se despidió y
siguió para expresar su disgusto por la acicalada del bigote.
—Me
dejaron como si estuviera chiflando.
Tres
veces lo dijo antes de llegar a su casa y a Liliana. El fino bigote había
desaparecido. Antes de cambiarse para el encuentro familiar, se dio cuenta que
había botado el arito que se pone en el orificio de la nariz izquierda.
Raúl
le dijo a Moisés que le comprara uno en la miscelánea.
—Me
faltan 100 pesos. Ponlos y cuidado vas a traer, el que no es.
Tres
picó turbos (equipos de sonido potentes) se encienden en el barrio, y esta
tarde, el encuentro familiar no vomitó música del Caribe colombiano.
Mena
salió de la casa perfumado, con gorra, jean y un suerte blanco que resaltaba
las finas y tres delgadas cadenas de oro con un dije de la flor de liz.
Habló
con sus amigos, recibió llamadas entre las cuales la de un barrista del Junior:
—Ese
quiere es darse bombo conmigo. Ya pa’ qué. Quiero estar con mi gente.
El
atardecer bajó la sensación de humedad y calor. La bandeja con las sopas
servidas en vaso de icopor salió de la cocina para repartirse a los invitados.
Raúl
Mena dijo que más tarde tomaría la sopa, cocinada con el toque de las Pedroza,
como en los tiempos de propietaria de restaurante. Por el calor no las pidió a
esa hora cuando aún el sol no se había ocultado.
Las
14 mujeres, tres hombres y cinco menores que se encontraban en la terraza de la
casa de las Pedroza aplaudieron la llegada de Luis "Ranger", hermano
de Asalia.
El
padre de Diana, tío de Raúl, y esposo de Iris, contó que años atrás animó a
Raúl a seguir en el atletismo. Luis llegó para escuchar a su sobrino.
De
pie y delante de sus familiares y amigos contó que se imaginó que correría el
relevo siendo el rematador.
—Salí
durísimo. Dije lo cogí, me pego al combo y ese tropiezo me quitó impulso.
Hubiese bajado más tiempo. Yo no quería salir primero. Dije que segundo. Con
Anthony Zambrano hubiéramos bajado más.
Anthony
Zambrano le había dicho a su círculo que llegaría para ese fin de semana, a
celebrar el cumpleaños de su madre, Mileidis. Conversó por teléfono y para Mena
fue como otra liberación.
—Nos
vamos tres días de descanso y hasta el lunes en unas cabañas —dijo.
Abrió
los brazos con la mirada al cielo y agregó:
—Espero
los petrodólares. Traigan un picó para armar bulla.
Asalia
había hablado con Mena después de su descanso y recordó que otra impresión de
los japoneses fue su decencia.
—Mamá
en Tokio todo es respeto. Cada vez que uno pasaba era un saludo. Si pasabas 50
veces, 50 veces te saludaban. Acá si te saludan a veces hasta porquería te
dicen. Es otro mundo.
Diana
se mostró orgullosa de lo que había logrado al convencer a la familia para compra 22 camisetas. Quiso hacer más visible lo que sentía por el atleta
barranquillero; quiso poner una pancarta en el frente de la casa, pero dijo que
verlos vestidos a todos con uniformidad la llenó de alegría como el día de la
carrera.
—Es
que reunirnos como familia no es fácil. Cada uno está en su día a día. Y la
alegría que nos ha dado el vernos juntos y a través de los logros del menor de
los sobrinos es maravilloso. Fue el más chiquito de todos y qué mejor regalo
que este encuentro. Habrá algunas diferencias entre nosotros, pero es el
momento el que nos ha unido. Todos vestidos con la camiseta y lo que ha
ocurrido nos animará a disfrutar cosas más grandes que vienen para Raúl.
La
familia le puso la medalla que buscó Mena en Tokio. El sentimiento de
fraternidad al tímido Raúl lo mostró muy cercano, agarró los cachetes y cargó a
uno de los hijos de sus primos, la tercera generación de la familia de su
madre, y le recordó que era un homenaje.
Las
fotos de grupo para el recuerdo sacaron de los bolsillos las cámaras. Las tías
y primas lo exaltaron y pidieron poses y abrazos antes de hundir el botón de
los teléfonos móviles. Esas barreras que Diana identificó estaban por el suelo,
y hasta se escuchó una revelación sincera:
—Esto
ha sido muy especial. Raúl es mi sobrino, pero yo lo quiero como si fuera mi
hijo —dijo Iris.
Raúl
ya tenía la mente despejada, puesta en sus vacaciones, sin soslayar que no solo
el que gana medallas se lleva los aplausos. Los Juegos Olímpicos le dejaron un
antes y un después:
—Estoy
satisfecho, porque me fue bien en mis promedios. Demostré de qué estaba hecho.
Estoy agradecido con Dios. Ahora el Mundial de Oregón en 2022 es mi objetivo.
Bajar marcas y estar al nivel competitivo.
El agradecimiento a Dios lo invade ahora por lo que vivió el 17 de septiembre. Un susto y una nueva lección de vida para el atleta que regresó a los entrenamientos después de su descanso. A las 11:45 de la noche de ese viernes fue despojado de tres cadenas de oro, dos pulseras y el teléfono móvil de última generación y edición única que regaló el patrocinador Samsung a los atletas colombianos que participaron en los Olímpicos de Tokio.
Raúl Mena habla a través de una videollamada con el medallista Anthony Zambrano desde el teléfono que le fue robado el 18 de septiembre en San Pachito en Barranquilla. (Foto / David Moran)
Estaba en la puerta de su casa en San Pachito después de regresar de cine con uno de sus primos y tres amigos. Un vehículo marca chevrolet estacionado cerca de la calle 74 abrió su puerta y bajó un hombre que llegó donde Raúl y preguntó por una dirección. Unos segundos después otros tres hombres armados bajaron del auto. El que preguntó por la dirección lo amenazó con un cuchillo, le quitó el teléfono, las prendas de oro y esa pulsera de collar que brillaba en la muñeca derecha.
Raúl Mena sabe del valor de lo que perdió. Son objetos que le costaron dinero y en el teléfono había información personal y contactos que desea recuperar; además de las imágenes y videos en su primera olimpiada. Una de las cadenas que le quitaron dijo que le costó 2 millones de pesos.
Raúl frena en su trote y sentencia:
—Mi mamá me dice que ponga el denuncio del robo. Hay que seguir adelante. Son enseñanzas de la vida.













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