No es barrista, es un aficionado al Junior




Raúl Mena camina en la carrera 67  en el barrio San Pachito, horas previas a un viaje a Sao Paulo, Brasil en diciembre de 2020.   (Foto / David Moran) 


Cuarta crónica. Raúl Mena no oculta su afición al tiburón, que en 2019 provocó fastidio a su entrenador Bladimir Cantillo antes de ponerse en manos de Michael Gutiérrez. 

Por Nilson Romo Mendoza

@nilsonromom


Bladimir Cantillo aceptó volver a entrenar a Raúl al recibir el desafío desde la Liga de Atletismo del Atlántico: “a qué no te atreves”.

Mena era un espectador en las pruebas de atletismo de los Juegos Centroamericanos y del Caribe en el estadio Rafael Cotes en agosto de 2018, y Orlando Ibarra, abogado y presidente de la liga, se le acercó y le dijo:

—Ajá ¿qué piensas? ¿Qué vas hacer? Deberías estar allí compitiendo. 

—Sí. voy a volver.

—Vas a entrenar otra vez con Bladimir Cantillo.

—No quiero. 

A pesar de la resistencia, Mena hizo caso y llegó con Cantillo hasta el Gran Prix Caterine Ibargüen de 2019 en Barranquilla.

Los antecedentes y roces de Cantillo y Mena llevaron a dos intentos de separación.

Cantillo admite que la ruptura fue por falta de empatía, comunicación y porque el entrenador le había cuestionado que integrara, supuestamente, una barra del equipo profesional de fútbol, el Junior de Barranquilla, un señalamiento que Jorge, hermano de mayor de Raúl, niega.

 —Él lo que hace es gritar, alentar como cualquier aficionado. Él no salta sobre la tribuna como otros.

Algunos fines de semana, los amigos de San Pachito de Jorge y Raúl programaban y asistían como aficionados a los partidos del Junior en el estadio Metropolitano. Lo hicieron hasta el final de 2019.

Bladimir admite que le llegaron los comentarios que supuestamente saltaba como un aficionado sobre la estructura y pavimento de las tribunas del estadio Roberto Meléndez.


—Le creo a la persona que lo vio y me lo dijo. Él (Raúl) es un enfermo por el Junior y esos deportistas enfermos no me pasan. Porque primero está el Junior, después él y tercero yo. Y esto debe ser un proyecto de los dos. El salto largo necesita un tobillo fino.

Por eso Bladimir asoció los dolores en el tobillo de Mena a esos momentos que disfrutaba como aficionado del Junior.

El dolor en el tobillo izquierdo, en la porción tibio talar, tibio navicular y tibio calcáneo por el que pasan los músculos flexores del dedo del pie, es una dolencia, dice el atleta, que empezó en 2016 y se acostumbró a tolerarlo.

El Prix Catherine Ibargüen permitió a Mena encontrarse en la primera jornada del evento con atletas conocidos de Antioquia, hablar con ellos y recordar su paso por Turbo. Cantillo había estudiado a su dirigido e identificó en la convivencia de entrenamientos que los cinco ciclos de sueño no los cumplía y limitaba su rendimiento.

El descanso y el entrenamiento invisible tiene un valor para el entrenador y la disposición para rendir. Por eso aprovechó en la segunda jornada del evento en la recién inaugurada pista de Barranquilla para recordarle a Mena que buscaban una marca y que atendiera sus orientaciones.

—Si no cumples esos ciclos de sueño puedes cometer errores. Vienes excitado neuronalmente.  

A Bladimir le costaba comprender que Raúl Mena necesitara muchos saltos para marcar diferencia ante sus oponentes. Y en el Prix se manifestó esta dificultad pisando la tabla y cometiendo faltas.

—¿Para qué hacer el mejor salto en el último intento? Zampa la cachetada a tu enemigo desde el primero, y después te sientas a ver.

La cuerda se tensó y Bladimir explotó, saltó del barco para dejar a su marinero en los últimos intentos sin una brújula.

Bladimir Cantillo recuerda tres años después que su gestó, visto por decenas de personas en la tribuna entre ellos dos familiares de Mena, no merecía explicación.


     Bladimir Cantillo , entrenador de saltos de longitud,  y orientó a Raúl Mena hasta el Prix Catherine Ibargüen           en 2019.  (Foto / David Moran) 


Defiende aquella actitud y reacción, porque defiende su tiempo, el prestigio de más de dos décadas de trabajo, su escalafón 4 de la IAFF (Asociación Internacional de Atletismo) y el reconocimiento a un trabajo. Ese día, aseguró el entrenador, no recibía compensación económica por entrenar a Mena.

—Como a mí no me pagan. Yo no tengo que dar explicaciones.

Cantillo saca pecho y dice que lo llevó a lo máximo a saltar 7,68 metros, pero su paciencia se agotó al ver la puesta en escena en el Prix Caterine Ibargüen.

Asalia y Jorge recuerdan que aquel rompimiento de Bladimir Cantillo y Raúl Mena fue muy desafortunado. Desde la tribuna techada del estadio, frente a los últimos 20 metros de la recta del hectómetro, vieron el ademán, la media vuelta, un manotazo al aire y el grito de Cantillo a Mena:  

—¡Haz lo que quieras!

Bladimir se despegó de la baranda de hierro gris que separa la pista de los vestuarios, gimnasio y áreas comunes para meterse bajo un techo y el piso de la tribuna.

A Raúl le quedaba un par de saltos, y en escena entró Michael Gutiérrez.

—Maicol (Michael) enseguida le indicó, fue por su último intento y con el cual ganó el pelao. Realmente lo que yo vi fue a mi hijo perdido —cuenta Asalia.

El cuestionamiento de la madre es sobre el liderazgo de los entrenadores y hasta cuando la paciencia se desborda para creer en las condiciones de un atleta. Ella se desconoce ese reconocimiento económico por el trabajo que hizo, pero se pregunta: ¿por qué pierden los papeles? 

—Debes estar con él hasta el último momento, apoyándolo. ¿Sí o no? No sabes en qué momento te puede dar la victoria. 

Jorge, pegado a la baranda de la pista del estadio Rafael Cotes y donde estuvo Bladimir aquella tarde, destaca la oportuna reacción de Michael Gutiérrez ante el bloqueo mental de Mena.

Michael Gutiérrez recuerda que le dijo a Mena que hablara con Bladimir.

—Raúl solo me decía que él no quería volver a la pista. Desde abril de 2019 me dijo que quería que lo entrenara.

Madre e hijo conversaron de aquella relación con Bladimir Cantillo, y Raúl le reconoció que a veces no le hacía caso. Lo calificaba de un entrenador regañón.

—¿Hiciste algo malo Raúl?

—No mamá.

—Sabes que hay entrenadores que, para mejorar, te dicen esas cosas. Te hablan para esas cosas que haces medio, medio… Y debes perfeccionar.

Con la camiseta de Junior y encerrado en un hotel

Raúl Mena vestido de jean, tenis y la camiseta del Junior subió al vehículo de Orlando Ibarra rumbo al aeropuerto Ernesto Cortissoz el 4 de diciembre de 2020. El vuelo a Brasil lo esperaba. En el trayecto y tras el cambio de rojo a verde en un semáforo de la carrera 46 con calle 34, en el centro de Barranquilla, un habitante de la calle, con el cabello desaliñado, la dentadura alterada y mugroso se atravesó al vehículo. Ibarra frenó el auto mientras pidió calma a los pasajeros. A su lado Mena bajó el vidrio y respondió ante el balbuceo inentendible del vagabundo. Raúl amenazó con bajarse, mientras Orlando aceleró en el momento que el joven con muestras de estar bajo los efectos de la droga se hizo a un lado.

—Me lo hubieras dejado, yo le iba a pegar si se ponía pesado —dijo Raúl.

—¡Cómo se te ocurre! No ves su condición —respondió Ibarra.

El conductor sabía que Mena no había respondido ante el momento y contó una anécdota para bajarle la emoción.

Con su tapaboca en la barbilla, Raúl insistía en que estaba dispuesto a reaccionar.

Ibarra inició su relato:

—Fui testigo de cómo un ciclista se le atravesó a un vehículo que por supuesto el conductor no alcanzó a frenar. Por la velocidad alcanzó a desestabilizar y tumbar al ciclista. El conductor de inmediato sacó su cabeza por la ventana, mientras el joven se levantaba con una cara de susto, y lanzó una cantidad de improperios a la espera que el ciclista respondiera. Sabes qué le dijo el pelao cuando se puso de pie en una pierna: ‘Disculpe, no lo vi. Discúlpeme’. El man arrancó patinando las llantas. Había desarmado al conductor.

Raúl Mena al escuchar la anécdota permaneció en silencio.

Al llegar al aeropuerto, bajó del auto, se despidió de Orlando y tomó sus tres maletas. Y entre los pasajeros que hacían una hilera y se sometían a los controles, entró al área de registro para abordar el avión rumbo a Bogotá y destino final Brasil.      


 Raúl Mena muestra su tiquete en la entrada del Aeropuerto Internacional Ernesto Cortissoz a una vigilante en diciembre de 2020 antes de viajar a Bogotá y luego a Brasil.  (Foto / David Moran)   


A Sao Paulo llegó después de las 7 de la mañana del 5 de diciembre, hora local, sin tener idea lo que le esperaba. Doce meses sumaba sin competir, tenía la exigencia de estar en el podio y ganar un reconocimiento con dinero en efectivo si entraba hasta entre los seis mejores de la prueba.

Se registró en el hotel, recibió las llaves de la habitación, que compartió con Diego Palomeque, y pasó a desayunar. Mena había llegado con el teléfono móvil descargado. Su cargador no tenía adaptador para los tomacorrientes del hotel.

Desde Bogotá una llamada entró al móvil de Diego Palomeque preguntando si Raúl Mena tenía inconvenientes con su teléfono.

—Sí lo tiene descargado. ¿Quiere hablar con él?

—No. Dígale que lo encienda y que esté pendiente de la llamada.

—Él puede hablar por aquí. Si quiere lo pongo en altavoz.

—Es algo personal que tenemos que decirle —insistió la mujer.

Mena no pudo cargar su teléfono y recibió la llamada por el aparato móvil del otro miembro del relevo 4x400 de Colombia. La mujer solo le informó:

—Usted ha dado positivo para Covid—19. Y dígale a Palomeque que se pase para otra habitación.

Una hora después Orlando Ibarra lo llamó y le confirmó el positivo.

La orden de la Federación de Atletismo fue permanecer en la habitación del hotel y aislarse hasta el 13 de diciembre.

Por ocho días estuvo como un león encerrado. Mena no ocultó su rabia, fastidio y hasta expresó que había sido una irresponsabilidad de los organizadores. El sentimiento de aislamiento lo invadió.

Pedía que se hiciera la prueba nuevamente para confirmar si era o no positivo.

Al empleado del hotel que entregaba los alimentos no le veía la cara. Tocaba la puerta, forrada, vestido de blanco, estiraba su brazo para entregar los alimentos. La rutina lo llevó a un estado de impotencia, a lanzar palabras de grueso calibre, echaba de vez en cuando una mirada desde la ventana y en medio de un “encarcelamiento”, sin salir ni competir, asumió que tenía que mantenerse en movimiento. Dice que no tenía síntomas, ni fiebre, ni tos.  

Desde la primera noche usó algunas cintas elásticas que llevó para hacer ejercicios y estiramientos de piernas. La habitación la adaptó para poder moverse.

La prueba de PCR se la hicieron al final del Prix Internacional. El viernes 11 de diciembre en la mañana introdujeron el hisopo en la nariz y en la noche recibió la respuesta que fue negativa.

—Son unos faltones. Cómo van a salir con eso. 

El resultado también lo sacó de la jaula y le permitió conocer algunos lugares de San Pablo.

A su regreso a Barranquilla insistía en cuestionar por qué no le dijeron antes de viajar que fue positivo del coronavirus.

Volver a casa y sin sentirse otra vez deportista compitiendo contra otros rivales, generó una sensación de que algo no se está haciendo bien. El encierro y la carga acumulada de sesiones lo puso de nuevo ante la dureza de los esfuerzos físicos. Al finalizar el primer entrenamiento nocturno las carreras pasaron factura, sintió náuseas y agotamiento. El lactato estaba aguijoneando el cuerpo.

Sus compañeros sorprendidos, en especial porque es un atleta que tiene una alta predisposición a entrenar al límite y con escasos ademanes de despeñarse, le dijeron:

—¿En Brasil estuviste con muchas brasileñas? 

Sentado como un felino al final de una cacería, Mena jadeaba, cabeza agachada y no musitaba.

A Raúl los entrenamientos lo motivan. Se exige al máximo. No se queja por hacerlo un 24 de diciembre en la mañana, aunque a veces puede explotar con las dobles sesiones y más si los descansos de recuperación son menos de cinco horas.

Una mañana y después de la exigencia en el gimnasio, la tarde lo crispó con unos test de 300 metros, descanso entre cada una de tres vueltas a la pista. En sus carreras, la zancada y el braceo dibujan una cadencia para dar punta de velocidad.

“Estoy que exploto. No tengo fisioterapeuta. Hace cinco horas subimos la loma de Miramar. Estoy reventado”, admitió.

La loma de Miramar, en el noroccidente de Barranquilla, en las nuevas áreas de desarrollo urbanístico, tiene empinadas calles y rampas que son utilizadas para entrenar la fuerza.

En el suelo estaba Raúl, el digno de imitar. Es el momento en el que el deportista está lleno de dolores, punzadas en las piernas, no hay gestión de emociones. Es un volcán en erupción. El ritmo cardíaco a pulsaciones que muestran las venas de la sien y el cuello latiendo e inflamadas.  

Los presentes vieron su ceño más fruncido, las zapatillas blancas en las manos, las que le regaló Anthony Zambrano, y caminando descalzo en busca de una sombra donde sentarse en la zona de circulación paralela a la pista.

Al fondo con el cronómetro en la mano, Michael Gutiérrez replicó con voz de mando.

—¡Ponte los spikes!

Comentarios

Entradas populares