No es barrista, es un aficionado al Junior
Cuarta crónica. Raúl Mena no oculta su afición al
tiburón, que en 2019 provocó fastidio a su entrenador Bladimir Cantillo antes de
ponerse en manos de Michael Gutiérrez.
Bladimir Cantillo aceptó volver a entrenar a Raúl
al recibir el desafío desde la Liga de Atletismo del Atlántico: “a qué no te atreves”.
Mena era un espectador en las pruebas de atletismo
de los Juegos Centroamericanos y del Caribe en el estadio Rafael Cotes en
agosto de 2018, y Orlando Ibarra, abogado y presidente de la liga, se le acercó
y le dijo:
—Ajá ¿qué piensas? ¿Qué vas hacer? Deberías estar
allí compitiendo.
—Sí. voy a volver.
—Vas a entrenar otra vez con Bladimir Cantillo.
—No quiero.
A pesar de la resistencia, Mena hizo caso y llegó
con Cantillo hasta el Gran Prix Caterine Ibargüen de 2019 en Barranquilla.
Los antecedentes y roces de Cantillo y Mena
llevaron a dos intentos de separación.
Cantillo admite que la ruptura fue por falta de
empatía, comunicación y porque el entrenador le había cuestionado que
integrara, supuestamente, una barra del equipo profesional de fútbol, el Junior
de Barranquilla, un señalamiento que Jorge, hermano de mayor de Raúl, niega.
—Él lo que hace es gritar, alentar como
cualquier aficionado. Él no salta sobre la tribuna como otros.
Algunos fines de semana, los amigos de San Pachito
de Jorge y Raúl programaban y asistían como aficionados a los partidos del
Junior en el estadio Metropolitano. Lo hicieron hasta el final de 2019.
Bladimir admite que le llegaron los comentarios que supuestamente saltaba como un aficionado sobre la estructura y pavimento de las tribunas del estadio Roberto Meléndez.
—Le creo a la persona que lo vio y me lo dijo. Él (Raúl) es un enfermo por el Junior y esos deportistas enfermos no me pasan. Porque primero está el Junior, después él y tercero yo. Y esto debe ser un proyecto de los dos. El salto largo necesita un tobillo fino.
Por eso Bladimir asoció los dolores en el tobillo
de Mena a esos momentos que disfrutaba como aficionado del Junior.
El dolor en el tobillo izquierdo, en la porción tibio
talar, tibio navicular y tibio calcáneo por el que pasan los músculos flexores
del dedo del pie, es una dolencia, dice el atleta, que empezó en 2016 y se
acostumbró a tolerarlo.
El Prix Catherine Ibargüen permitió a Mena
encontrarse en la primera jornada del evento con atletas conocidos de
Antioquia, hablar con ellos y recordar su paso por Turbo. Cantillo había
estudiado a su dirigido e identificó en la convivencia de entrenamientos que
los cinco ciclos de sueño no los cumplía y limitaba su rendimiento.
El descanso y el entrenamiento invisible tiene un
valor para el entrenador y la disposición para rendir. Por eso aprovechó en la
segunda jornada del evento en la recién inaugurada pista de Barranquilla para
recordarle a Mena que buscaban una marca y que atendiera sus orientaciones.
—Si no cumples esos ciclos de sueño puedes cometer
errores. Vienes excitado neuronalmente.
A Bladimir le costaba comprender que Raúl Mena
necesitara muchos saltos para marcar diferencia ante sus oponentes. Y en el
Prix se manifestó esta dificultad pisando la tabla y cometiendo faltas.
—¿Para qué hacer el mejor salto en el último
intento? Zampa la cachetada a tu enemigo desde el primero, y después te sientas
a ver.
La cuerda se tensó y Bladimir explotó, saltó del
barco para dejar a su marinero en los últimos intentos sin una brújula.
Bladimir Cantillo recuerda tres años después que su
gestó, visto por decenas de personas en la tribuna entre ellos dos familiares
de Mena, no merecía explicación.
Bladimir Cantillo , entrenador de saltos de longitud, y orientó a Raúl Mena hasta el Prix Catherine Ibargüen en 2019. (Foto / David Moran)
Defiende aquella actitud y reacción, porque
defiende su tiempo, el prestigio de más de dos décadas de trabajo, su
escalafón 4 de la IAFF (Asociación Internacional de Atletismo) y el reconocimiento a un trabajo. Ese día,
aseguró el entrenador, no recibía compensación económica por entrenar a Mena.
—Como a mí no me pagan. Yo no tengo que dar
explicaciones.
Cantillo saca pecho y dice que lo llevó a lo máximo a saltar
7,68 metros, pero su paciencia se agotó al ver la puesta en escena en el Prix Caterine Ibargüen.
Asalia y Jorge recuerdan que aquel rompimiento de
Bladimir Cantillo y Raúl Mena fue muy desafortunado. Desde la tribuna techada del estadio,
frente a los últimos 20 metros de la recta del hectómetro, vieron el ademán, la
media vuelta, un manotazo al aire y el grito de Cantillo a Mena:
—¡Haz lo que quieras!
Bladimir se despegó de la baranda de hierro gris
que separa la pista de los vestuarios, gimnasio y áreas comunes para meterse
bajo un techo y el piso de la tribuna.
A Raúl le quedaba un par de saltos, y en escena
entró Michael Gutiérrez.
—Maicol (Michael) enseguida le indicó, fue por su
último intento y con el cual ganó el pelao. Realmente lo que yo vi fue a mi
hijo perdido —cuenta Asalia.
El cuestionamiento de la madre es sobre el
liderazgo de los entrenadores y hasta cuando la paciencia se desborda para
creer en las condiciones de un atleta. Ella se desconoce ese reconocimiento económico por el trabajo que hizo, pero se pregunta: ¿por qué pierden los
papeles?
—Debes estar con él hasta el último momento,
apoyándolo. ¿Sí o no? No sabes en qué momento te puede dar la victoria.
Jorge, pegado a la baranda de la pista del estadio
Rafael Cotes y donde estuvo Bladimir aquella tarde, destaca la oportuna
reacción de Michael Gutiérrez ante el bloqueo mental de Mena.
Michael Gutiérrez recuerda que le dijo a Mena que
hablara con Bladimir.
—Raúl solo me decía que él no quería volver a la
pista. Desde abril de 2019 me dijo que quería que lo entrenara.
Madre e hijo conversaron de aquella relación con
Bladimir Cantillo, y Raúl le reconoció que a veces no le hacía caso. Lo
calificaba de un entrenador regañón.
—¿Hiciste algo malo Raúl?
—No mamá.
—Sabes que hay entrenadores que, para mejorar, te
dicen esas cosas. Te hablan para esas cosas que haces medio, medio… Y debes
perfeccionar.
Con la camiseta de Junior y encerrado en un hotel
Raúl Mena vestido de jean, tenis y la camiseta del
Junior subió al vehículo de Orlando Ibarra rumbo al aeropuerto Ernesto
Cortissoz el 4 de diciembre de 2020. El vuelo a Brasil lo esperaba. En el
trayecto y tras el cambio de rojo a verde en un semáforo de la carrera 46 con
calle 34, en el centro de Barranquilla, un habitante de la calle, con el
cabello desaliñado, la dentadura alterada y mugroso se atravesó al vehículo.
Ibarra frenó el auto mientras pidió calma a los pasajeros. A su lado Mena bajó
el vidrio y respondió ante el balbuceo inentendible del vagabundo. Raúl amenazó
con bajarse, mientras Orlando aceleró en el momento que el joven con muestras
de estar bajo los efectos de la droga se hizo a un lado.
—Me lo hubieras dejado, yo le iba a pegar si se
ponía pesado —dijo Raúl.
—¡Cómo se te ocurre! No ves su condición —respondió
Ibarra.
El conductor sabía que Mena no había respondido
ante el momento y contó una anécdota para bajarle la emoción.
Con su tapaboca en la barbilla, Raúl insistía en
que estaba dispuesto a reaccionar.
Ibarra inició su relato:
—Fui testigo de cómo un ciclista se le atravesó a
un vehículo que por supuesto el conductor no alcanzó a frenar. Por la velocidad
alcanzó a desestabilizar y tumbar al ciclista. El conductor de inmediato sacó
su cabeza por la ventana, mientras el joven se levantaba con una cara de susto,
y lanzó una cantidad de improperios a la espera que el ciclista respondiera.
Sabes qué le dijo el pelao cuando se puso de pie en una pierna: ‘Disculpe, no
lo vi. Discúlpeme’. El man arrancó patinando las llantas. Había desarmado
al conductor.
Raúl Mena al escuchar la anécdota permaneció en
silencio.
Al llegar al aeropuerto, bajó del auto, se despidió
de Orlando y tomó sus tres maletas. Y entre los pasajeros que hacían una hilera
y se sometían a los controles, entró al área de registro para abordar el avión
rumbo a Bogotá y destino final Brasil.
A Sao Paulo llegó después de las 7 de la mañana del 5 de diciembre, hora local, sin tener idea lo que le esperaba. Doce meses sumaba sin competir, tenía la exigencia de estar en el podio y ganar un reconocimiento con dinero en efectivo si entraba hasta entre los seis mejores de la prueba.
Se registró en el hotel, recibió las llaves de la
habitación, que compartió con Diego Palomeque, y pasó a desayunar. Mena había
llegado con el teléfono móvil descargado. Su cargador no tenía adaptador para
los tomacorrientes del hotel.
Desde Bogotá una llamada entró al móvil de Diego
Palomeque preguntando si Raúl Mena tenía inconvenientes con su teléfono.
—Sí lo tiene descargado. ¿Quiere hablar con él?
—No. Dígale que lo encienda y que esté pendiente de
la llamada.
—Él puede hablar por aquí. Si quiere lo pongo en
altavoz.
—Es algo personal que tenemos que decirle —insistió
la mujer.
Mena no pudo cargar su teléfono y recibió la
llamada por el aparato móvil del otro miembro del relevo 4x400 de Colombia. La
mujer solo le informó:
—Usted ha dado positivo para Covid—19. Y dígale a
Palomeque que se pase para otra habitación.
Una hora después Orlando Ibarra lo llamó y le
confirmó el positivo.
La orden de la Federación de Atletismo fue
permanecer en la habitación del hotel y aislarse hasta el 13 de diciembre.
Por ocho días estuvo como un león encerrado. Mena
no ocultó su rabia, fastidio y hasta expresó que había sido una irresponsabilidad
de los organizadores. El sentimiento de aislamiento lo invadió.
Pedía que se hiciera la prueba nuevamente para
confirmar si era o no positivo.
Al empleado del hotel que entregaba los alimentos
no le veía la cara. Tocaba la puerta, forrada, vestido de blanco, estiraba su
brazo para entregar los alimentos. La rutina lo llevó a un estado de
impotencia, a lanzar palabras de grueso calibre, echaba de vez en cuando una
mirada desde la ventana y en medio de un “encarcelamiento”, sin salir ni competir,
asumió que tenía que mantenerse en movimiento. Dice que no tenía síntomas, ni
fiebre, ni tos.
Desde la primera noche usó algunas cintas elásticas
que llevó para hacer ejercicios y estiramientos de piernas. La habitación la
adaptó para poder moverse.
La prueba de PCR se la hicieron al final del Prix
Internacional. El viernes 11 de diciembre en la mañana introdujeron el hisopo
en la nariz y en la noche recibió la respuesta que fue negativa.
—Son unos faltones. Cómo van a salir con eso.
El resultado también lo sacó de la jaula y le
permitió conocer algunos lugares de San Pablo.
A su regreso a Barranquilla insistía en cuestionar
por qué no le dijeron antes de viajar que fue positivo del coronavirus.
Volver a casa y sin sentirse otra vez deportista compitiendo
contra otros rivales, generó una sensación de que algo no se está haciendo
bien. El encierro y la carga acumulada de sesiones lo puso de nuevo ante la
dureza de los esfuerzos físicos. Al finalizar el primer entrenamiento nocturno
las carreras pasaron factura, sintió náuseas y agotamiento. El lactato estaba
aguijoneando el cuerpo.
Sus compañeros sorprendidos, en especial porque es
un atleta que tiene una alta predisposición a entrenar al límite y con escasos
ademanes de despeñarse, le dijeron:
—¿En Brasil estuviste con muchas brasileñas?
Sentado como un felino al final de una cacería,
Mena jadeaba, cabeza agachada y no musitaba.
A Raúl los entrenamientos lo motivan. Se exige al
máximo. No se queja por hacerlo un 24 de diciembre en la mañana, aunque a veces
puede explotar con las dobles sesiones y más si los descansos de recuperación
son menos de cinco horas.
Una mañana y después de la exigencia en el
gimnasio, la tarde lo crispó con unos test de 300 metros, descanso entre cada una
de tres vueltas a la pista. En sus carreras, la zancada y el braceo dibujan una
cadencia para dar punta de velocidad.
“Estoy que exploto. No tengo fisioterapeuta. Hace
cinco horas subimos la loma de Miramar. Estoy reventado”, admitió.
La loma de Miramar, en el noroccidente de
Barranquilla, en las nuevas áreas de desarrollo urbanístico, tiene empinadas
calles y rampas que son utilizadas para entrenar la fuerza.
En el suelo estaba Raúl, el digno de imitar. Es el
momento en el que el deportista está lleno de dolores, punzadas en las piernas,
no hay gestión de emociones. Es un volcán en erupción. El ritmo cardíaco a
pulsaciones que muestran las venas de la sien y el cuello latiendo e
inflamadas.
Los presentes vieron su ceño más fruncido, las
zapatillas blancas en las manos, las que le regaló Anthony Zambrano, y
caminando descalzo en busca de una sombra donde sentarse en la zona de
circulación paralela a la pista.
Al fondo con el cronómetro en la mano, Michael
Gutiérrez replicó con voz de mando.
—¡Ponte los spikes!




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