En San Pachito me quedo
Por Nilson Romo Mendoza
Raúl Mena Pedroza
no ha regresado a casa después de dos horas; partió hacia el centro de
Barranquilla después del mediodía a comprar unos tenis para entrenar. Le dijo a
Asalia, su mamá, que debía cambiar los que calzaba: un par grises y rotos en la
punta.
Asalia
respondió:
—Pero quién
se va a dar cuenta de eso.
El viaje de
Mena a Bogotá y luego a Sao Paulo, Brasil estaba para las 4 de la tarde.
Raúl Mena es
desparpajado. Como su barrio San Pachito, donde vive. Allí, el boxeo tiene un
nido en el norte de Barranquilla, con el gimnasio Cuadrilátero a 200 metros,
rodeado de residentes en un pequeño palenque y afros que sienten la música del
Caribe, de tambores, picó y cocinan y degustan ollas comunitarias dominicales.
Mena es el
segundo hijo del barrio y atleta que disputa unos Olímpicos. La pionera
fue la velocista en vallas en el siglo XXI, Briggite Merlano Pájaro.
Un sol de
justicia y un cielo azul limpio de verano decembrino ilumina la esquina de la
carrera 67 con calle 74. Seis palomas picotean y dos gatos husmean entre bolsas
plásticas blancas de basura tiradas sobre el andén. El sitio, lo señala un
vecino, es el lugar donde venden comida rápida en las noches.
La fachada
de la casa donde vive Mena exhibe la potencia del color. Las paredes son de
naranja mandarina, que contrasta con la clorofila del follaje del jardín, y
junto a las dos ventanas principales y marco de aluminio está estacionada una
bicicleta del mismo color.
Un perro
blanco de cinco manchas pardas, llamado Gordon, entra y sale de la casa. La
puerta permanece abierta y una anciana en la sala, sentada en una silla tejida
de tiras de plásticos, recibe en la boca alimentos de Asalia. Es la abuela de
Raúl, y más al fondo, en el patio techado, una señora canosa y gruesa que
espulga el arroz. Es Alicia, hermana de Asalia.
Jorge,
hermano de Raúl, saca del patio una bicicleta todoterreno, avaluada en más de 8
millones de pesos, donde hay espacio para un taller de mantenimiento y mecánica.
Este oficio es administrado por Luis Carlos, primo de Raúl y Jorge.
El atleta
apareció con la cúspide de la cabeza pintada de azul. Llegó a bordo de un taxi,
después de caminar el centro de la ciudad aglomerado y decenas de personas
buscando alimentos, ropa y otros elementos en medio de la pandemia. Bajó con Moisés,
su sobrino, saludó a quienes lo esperaban. Vestido con una sudadera gris
recortada hasta antes de la rodilla y con un pequeño roto en el bolsillo
izquierdo trasero, trae en su mano una bolsa de papel cartón y entra al paso de
las chancletas.
Sus piernas
y el tobillo derecho tienen adherido tres parches de color verde.
En medio del
resplandor vespertino y una brisa fresca dijo al entrar a casa que las cintas pegadas
a su piel ayudan para relajar el músculo.
Entró al
primer cuarto, de puerta marrón y donde duerme, sacó una maleta de ruedas y un
maletín que abrió en la sala de la casa. Raúl muestra lo que llevará a su viaje
internacional: cinco prendas de vestir, la mayoría camisetas y pantalonetas,
tres pares de zapatillas de carrera.
Ha
representado a Colombia en dos Suramericanos, el primero fue en Perú en 2019, un
Prix de atletismo en Argentina, donde no pudo exhibirse porque no acudió al
llamado de la carrera, y Sao Paulo que le espera después de no competir desde
noviembre de 2019.
Asalia,
quien prefiere que la llamen Rosario, finaliza la rutina de darle de comer a su
madre, Josefa Alfaro, de 97 años, y expresa su ilusión de ver a su hijo en unos
Juegos Olímpicos. Es una mujer de voz cariñosa, delgada, que usa ropa que cubre
su cuerpo hasta el tobillo, cabello largo y sin maquillaje.
Ella se
declara aficionada al boxeo y al atletismo de velocidad, al que veía por
televisión y recuerda a Carl Lewis y Ben Johnson en las Olimpiadas de los
Ángeles 1984 y Atlanta 1996.
“A mí
también me gusta el atletismo. Cuando niña era inquieta como Raúl”, advierte.
Lo afirma porque el boxeo estuvo primero. Su padre es cartagenero y se puso los
guantes para subir al ensogado en unas cuantas peleas. Agrega que su hermano Luis,
jugó fútbol, practicó boxeo y sóftbol. Conocido por su velocidad en la cancha y
porque estuvo cerca de jugar en la profesional del Junior, hasta que comenzó su
vida laboral en una empresa industrial. Le dicen “ranger”. “Te imaginas lo que
corría”.
Hernán Mena
Arias (Turbo 1968), padre de Raúl, docente en una escuela de Punta de Piedra,
vereda ubicada a 15 kilómetros de Turbo, Antioquia, fue boxeador estilo
olímpico con Colombia en eventos como los Panamericanos de Cuba en 1991 y
renunció al ciclo de la olimpiada para combatir en el boxeo de paga. Combatió 17
veces como profesional con un récord de 10 ganadas por nocaut, 6 por decisión y
una pérdida, que lo llevó a estar clasificado entre los seis del escalafón de
la división de medio ligero de la FIB en 1995, y tener el cinturón latino de la
AMB.
El embarazo
de Asalia llevó a Hernán a lo que en la comunidad afrocolombiana se conoce como
el “chagua” (la barriga de embarazada). Durante ocho meses y antes del
nacimiento de Raúl, el 22 julio de 1996, a Hernán le aparecieron dolores en los
riñones y en las vías urinarias que lo sacaron de los entrenamientos, y los
médicos que lo atendían en la calle 84 no encontraban el origen.
Raúl Mena con su padre en el año 1996 cuando cumplía su primer año y daba sus primeros pasos. (Archivo personal. (Foto: Archivo familiar)
Nació Raúl, y
Hernán viajó a mitad de año de 1995 a combatir en Mar de Plata, Argentina ante El
tigre Aguirre sin tener una buena preparación y al superar sus dolencias. Aceptó
por la necesidad y la oferta de buscar un combate de título mundial en los 71
kilos. Cuenta que tumbó al tigre y en los últimos asaltos con el fragor del
pleito, la presión local y una herida cerca de su ceja llevó al árbitro a
suspender la pelea y cargarle la derrota al colombiano.
Fue el
último pleito que disputó y en su cabeza resuena con lo que uno de los jueces
le dijo en medio del bullicio local:
—Colombiano:
te robaron la pelea.
Hernán Mena
y su apoderado Billy Chams, gerente de la cuerda Cuadrilátero, habían pactado unas
expectativas de “buen pago” si ganaba la pelea, más otros dos combates en ese
país, pero lo prometido cambió. No se cumplieron las expectativas para Mena
Arias quien dice que el dinero que recibió le alcanzó solo para regresar a
Barranquilla y luego a Turbo.
No subió más
a un ring. Estaba tan preocupado por producir y responder a su paternidad que
se lanzó al vacío: dejó a Barranquilla, Asalia y a Raúl. Antes de partir dice
que entregó a la familia un par de guantes de 8 y 14 onzas, como las últimas
joyas personales de su profesión. Asalia dice que los guantes los retuvo, como
un desafío a que ella si quería que su hijo algún día fuera boxeador.
Hernán piso
su pueblo para ganarse la vida como organizador de fiestas de picó y fiestas
comunitarias que dejaban algunos pesos para enviarlo a la madre y su hijo.
Hernán volvió
a tomar a su hijo de la mano con un año de edad al volver a Barranquilla.
Estuvo en la ciudad para celebrar el cumpleaños en San Pachito, donde las
evocaciones se activan con el olor a sancocho, el pescado y la sazón de los
almuerzos preparados en la casa de la madre de Asalia. Las propietarias del restaurante
casero recibían los domingos a Hernán y otros boxeadores amigos de Cuadrilátero
en sus mesas.
Tres años
después Asalia llevó a Raúl a Turbo y no encontró al padre que buscaba empleo
en Medellín y alimentaba la llama de estudiar licenciatura en Educación Física
en la universidad pública.
En 1995, Hernán
Mena ya se había graduado de docente y decidió ir a buscar a su hijo para
traerlo a su sombra. En el municipio del Urabá antioqueño Raúl estudió segundo
de primaria durante cinco meses y jugaba en el equipo infantil de Urabá Junior,
que era dirigido por Pedro Pablo Palacios, amigo de Hernán.
Como un cordero
en el prado, la infancia feliz en las calles del municipio de Raúl fueron
espontáneas, disfrutaba de sus parientes. Hernán cuenta que mostró sagacidad y
habilidades para saltar y correr. Un día lo vio tirando puño a otro niño que lo
molestó.
—Clavaba el
puño y tenía una velocidad para correr. Eso sí de pequeño se le vio. Así de
flaquito y delgadito, muy ágil.
Asalia viajó
a Turbo y antes de finalizar el 2005 regresó con Raúl a Barranquilla. Uno de los motivos fue un supuesto descuido en la salud del niño. La
madre dice que lo recibió con una infección micótica o micosis en el cuero
cabelludo, y en sus manos en casa otra vez, lo rapó para su recuperación.
En el barrio y bajo su regazo hubo tardes y noches en las que el menor andaba con la piel color chocolate, bañado en sudor y agitado de sus carreras a pie limpio sobre el pavimento. Desde la casa número 74—39, la madre gritaba:
—¡Raulito
vamos para el colegio!
—¡Nooo mamá!
Raúl estaba
acompañado de sus amigos y mohosos.
—Vamos a
correr, vamos a correr.
A ellos le daba
ventaja para al final ganarles.
—¡Raulito,
deja de correr como loco y cuidado con los carros! —replicó Asalia.
El fútbol, el
boxeo, el baloncesto y el atletismo pasaron por la incansable y enérgica etapa
de niño y adolescente. La pelota la vio y acarició cuando iba al estadio
Romelio Martínez junto a su hermano Jorge que entrenaba en una escuela de
fútbol. Las hermanas Pedraza, Asalia y Alicia, acompañaban a los dos niños y veían
que, en el borde de la cancha del estadio, el pequeño Raúl corría como un pony
en la pista de arena. Era el de más baja estatura de los niños que en ese lugar
se encontraba.
El deseo de
Hernán era llevárselo a Turbo otra vez. Lo intentó cada fin de año en sus
visitas a Barranquilla. Con Asalia no llegaban a acuerdo y volvía a intentar al
siguiente diciembre. Ya siendo un adolescente Hernán le dijo a su hijo:
—Quiero que
estés conmigo para que conozcas más a la familia y compartas con nosotros, tus
abuelos y tíos.
El
progenitor sabía que Raúl intentó imitarlo entrenando boxeo en el gimnasio
Cuadrilátero. El entrenador Álvaro del Cristo Mercado lo orientó creyendo que
la genética podía dar otro pugilista Mena. El día que se encontraron Álvaro del
Cristo y Hernán en Barranquilla, gracias a un viaje de un boxeador antioqueño a
Cuadrilátero, conversaron:
—Erda, tu
hijo tiene. Tiene… Se mueve, pero no quiere entrenar.
—¿Cómo así?
—Hay que cuidarlo
del entorno. Tú lo sabes. Viviste por aquí. Llévatelo para Turbo.
—Sí, eso me
tiene pensando.
Hernán sabía
que su hijo tenía que elegir de deporte.
En Turbo, en
su segunda vez conviviendo padre e hijo en 2011, le preguntó si el boxeo estaba
en sus intereses y porque era asistente de entrenamiento de la selección de
Turbo.
Raúl rechazó
ponerse los guantes, aunque Hernán lo seguía viendo en el fútbol, jugando de
lateral izquierdo y siendo derecho. Las carreras con la pelota, la técnica de
conducir el balón y las asistencias que daba a sus compañeros en las canchas de
arena grisácea lo ilusionaron.
El golpeo
con los pies atrajo una oferta para vincularlo a las divisiones menores del
Chicó Fútbol Club en Bogotá. Hernán valoró la oferta que no vio oportuna por ser
un menor de edad, no lo veía preparado para ser independiente y tenía que
corregir algún comportamiento.
El padre tenía
en sus manos a un barranquillero desparpajado para su edad, con un vocabulario
que lo dejaba con la boca abierta y tenía que sintonizar y moderar. La
experiencia de docente le mostraba que los jóvenes de la ciudad comparado con
los de pueblos tienen matices muy distintos. Admitió que tenía miedo que la
influencia de amistades “pudiera dañarlo” o desviar el camino. Por eso consideró
que la oferta podía ser aceptada más adelante.
En una de
sus salidas al final de la jornada escolar del colegio Francisco Luis
Valderrama, Raúl sintió atracción por el atletismo, por los saltos. Invitó,
reto a sus amigos y Ever, entrenador de velocidad, lo escrutaba. Identificó que
era el que más corría y saltaba.
En casa, Raúl le dijo a Hernán:
—Papá yo
quiero entrenar atletismo.
—No, no.
Espera. Estás en el fútbol.
Hernán comprendió
que este adolescente estaba definiendo sus gustos.
—Espera que
hable con Eder.
El padre analizó
que el fútbol y el atletismo podían complementarse y conformar un mejor
futbolista.
En un
municipio, donde el tiempo libre es una tentación, la música, las fiestas, la
diversión y otras invitaciones Hernán lo cuidaba con celo. Había que tener mano
dura y apretarse el cinturón.
—Este pelao
hay que mantenerlo ocupado. Estudiando inglés y que no tenga tiempo para estar
molestando —dijo Hernán.
Los inicios
en el atletismo fueron en los 110 metros con vallas y después pasó al salto
triple y salto de longitud por la competencia de entrenadores de mostrar
talentos que competían codo a codo entre los municipios de Apartadó, Chigorodó
y Turbo. La técnica básica la aprendió rápido para participar en las fases de
los Intercolegiados.
En un
chequeo en el estadio Jhon Jairo Trellez, el seleccionador más reputado de atletismo
de Antioquia, Jamer Ochoa (fallecido) lo eligió y empezó a profundizar para las
modalidades de saltos en el especial en el alto. Hernán Mena y Ochoa se veían
en la villa deportiva de Turbo y hablaban del futurible atleta e integrando la
selección del potente semillero de deportistas. Fue sincero al admitir que Raúl
podía volver a Barranquilla. Su revelación apuntó a encontrar respaldo en el
municipio con el director de deportes y a los que conocían a su hijo para
retenerlo.
Gilberto
Olivero, director de deportes, le dijo a Hernán:
—No, hermano
ese hijo tuyo tiene potencial, aunque déjalo que vaya a Barranquilla.
—No, es solo
una presión que hago para él. Pero me tienes que ayudar para que se ponga
pilas.
Jamer Ochoa,
por su parte, al encontrarse con el docente le dijo:
—Ese
muchacho tiene talento y cualidades.
—Yo tenía
pensado mandarlo a Barranquilla.
—No, déjalo.
No lo mandes. Se te puede desviar. El espíritu de él es muy vivo. Si necesitas
los pasajes, lo buscamos y lo mandas después. Lo necesitamos para los
departamentales y nosotros contamos con esas medallas.
—Sí eso es
lo que no quiero. Tuve un problema de drogas con un hermano mío y eso ha sido
duro para la familia, estamos tocado. Eso no lo aceptamos. Nos da miedo.
Varios
colegas y entrenadores hablaron con Raúl para persuadirlo. Así llegó a los
Juegos en Yarumal en diciembre de 2016.
Tenía
perfilada las actitudes físicas, pero no el orden para cumplirle a su papá que apretaba
más la rosca de los estudios. Raúl quería estar jugando, y hasta con el baloncesto
demostró que sabía lanzar y tener buenos movimientos de pies y piernas. Hernán insistía
en la presión que, si no estudiaba, no lo dejaba competir en los Juegos
Departamentales de Antioquia. A Hernán, la pérdida de hasta más de cinco
materias, le preocupaba.
Hernán a la
vez como quien vuela cometa, soltó y atezó la cuerda para mantener el vuelo del
papagayo, lo complacía con obsequios como un teléfono móvil que ni el padre lo
portaba, pero le subrayaba:
—Yo te traje
aquí para que también estudiara.
Con las
mañanas libres para entrenar y matriculado en la jornada de la tarde el
atletismo fue ganándole al fútbol. Raúl se dio cuenta que había más competencia
con los Intercolegiados.
Antes de los
Juegos Departamentales en Yarumal, Antioquia, Raúl recibió de su papá en una libreta
en la que escribió un compromiso. En el cuaderno escribió que se levantaría
temprano, que iba a tender la cama y que recuperaría los estudios en los que
tuvo baja calificación.
—Papá me
disculpo y te cumpliré con lo que escribí.
Raúl participó
en Yarumal, ganó las finales de salto largo y alto, esta última con un menos de
cuatro semanas de entrenamiento. Convenció que había que llevarlo a la villa
deportiva en Medellín para que profundizara en el atletismo y recibiera todos
los apoyos. Jamer Ochoa le dijo a Hernán:
—Déjalo que
vaya a Barranquilla, que descanse y regrese.
Mena viajó
en diciembre de 2016 desde
Montería hacia Barranquilla y con el compromiso de volver el 3 de enero e
iniciar la recuperación del noveno grado de bachillerato. No regresó para
quedarse en San Pachito.
—No lo dejaron venir, eso fue lo que me dijo, pero gracias a Dios no se dejó engañar por los vicios que era mi miedo. Estoy orgulloso porque me salió un hijo, y de los buenos, que representa a Colombia en los Olímpicos —dice Hernán Mena desde Turbo.
Alicia
camina desde el patio de la casa en San Pachito en Barranquilla y llega a la
puerta en la terraza, dejó los calderos y comenta que lo de su sobrino es un sueño
hecho realidad.
—Le
apasionaba correr y correr. Cuando algo se quiere atajar nada lo impide por su
velocidad.
Asalia entró
hace más de dos décadas a una comunidad cristiana en Soledad, municipio del
área metropolitana de Barranquilla. De la experiencia de la lectura de la
Biblia, la congregación, el compartir en comunidad y las enseñanzas aprendió
que había que tener “cuidado con la fama” e intentó alejar a su hijo de su
inclinación por el deporte. “Es que la fama no es bien vista. No lo llevé más al
estadio hasta que comenzó en el atletismo y el fútbol con su papá en Turbo,
Antioquia”.
De su hijo,
de 25 años, la madre hace un retrato de un joven que aún tiene mucho que
aprender. Lo hace con una voz casi de hilo no audible, como si no quisiera que
él escuchara mientras organiza sus maletas para el viaje al Prix de Sao Paulo, Brasil
en diciembre de 2020, y ella habla en primera persona.
“Mientras no
te dejes llevar por la corriente del mundo, todo está bien. Tienes que tener un
autocontrol. El mundo tiene corrientes que te arrastran y cambias la
personalidad a veces por los amigos, y vas cayendo. Por eso vendrá la propuesta
del que no te conoce, del que te quiere conocer”.
Raúl sale de su cuarto perfumado, vestido con una camiseta del Junior de Barranquilla, un yin desaliñado en las rodillas, con rotos a la moda, los nuevos tenis negros y trae sus manos su veintena de medallas que cuelgan, se mueven y tañen como pequeñas campanas.—Hay algunas medallas que se partieron —admite Mena.
Antes del
atardecer estará en Bogotá para su vuelo a Brasil.
—Tengo que
estar a las 4 de la tarde en el aeropuerto y antes de registrarme para el
vuelo. Si no viene por mí Orlando Ibarra (presidente de la Liga de Atletismo
del Atlántico) pierdo ese vuelo. Yo estoy cansado.
—¿No quieres
ir? —pregunta el periodista.
—De ir sí.
Lo que estoy es cansado, del entrenamiento.
Raúl
encapota la cara de cejas finas, delgadas y un hilo fino de vello. Habla rápido
con su boca pequeña y su mirada apunta al jardín para entrar en un diálogo
interior. Tiene el pasaporte en la mano. Sus dedos acarician el borde de las
páginas que abre y cierra.
Asalia
admite que parece que estuviera fastidiado en todo momento, aunque identifica
que es un rasgo de su personalidad.
“El papá de
Raúl es así. Para sacarle las palabras... Se quedan como pensativos. Se quedan
callados. Cuando hablan la voz se escucha fuerte. A mi hijo le ves la cara y da
pena. La apariencia es que es grosero. Quien no lo conoce dice que es bollón. Y
no es así”.






Comentarios
Publicar un comentario