En San Pachito me quedo



Raúl Mena y su madre Asalia comparten un momento en la terraza de su casa en el barrio San Pachito en diciembre del 2020. (Foto / David Moran) 


Primera de una serie de crónicas sobre el atleta colombiano Raúl Mena que revela sus orígenes y lo que vivió desde octubre de 2020 para llegar a los Olímpicos en Japón.


Por Nilson Romo Mendoza

@nilsonromom


Raúl Mena Pedroza no ha regresado a casa después de dos horas; partió hacia el centro de Barranquilla después del mediodía a comprar unos tenis para entrenar. Le dijo a Asalia, su mamá, que debía cambiar los que calzaba: un par grises y rotos en la punta.

Asalia respondió:

Pero quién se va a dar cuenta de eso. 

El viaje de Mena a Bogotá y luego a Sao Paulo, Brasil estaba para las 4 de la tarde.

Raúl Mena es desparpajado. Como su barrio San Pachito, donde vive. Allí, el boxeo tiene un nido en el norte de Barranquilla, con el gimnasio Cuadrilátero a 200 metros, rodeado de residentes en un pequeño palenque y afros que sienten la música del Caribe, de tambores, picó y cocinan y degustan ollas comunitarias dominicales.

Mena es el segundo hijo del barrio y atleta que disputa unos Olímpicos. La pionera fue la velocista en vallas en el siglo XXI, Briggite Merlano Pájaro.

Un sol de justicia y un cielo azul limpio de verano decembrino ilumina la esquina de la carrera 67 con calle 74. Seis palomas picotean y dos gatos husmean entre bolsas plásticas blancas de basura tiradas sobre el andén. El sitio, lo señala un vecino, es el lugar donde venden comida rápida en las noches.

La fachada de la casa donde vive Mena exhibe la potencia del color. Las paredes son de naranja mandarina, que contrasta con la clorofila del follaje del jardín, y junto a las dos ventanas principales y marco de aluminio está estacionada una bicicleta del mismo color.

Un perro blanco de cinco manchas pardas, llamado Gordon, entra y sale de la casa. La puerta permanece abierta y una anciana en la sala, sentada en una silla tejida de tiras de plásticos, recibe en la boca alimentos de Asalia. Es la abuela de Raúl, y más al fondo, en el patio techado, una señora canosa y gruesa que espulga el arroz. Es Alicia, hermana de Asalia.  

Jorge, hermano de Raúl, saca del patio una bicicleta todoterreno, avaluada en más de 8 millones de pesos, donde hay espacio para un taller de mantenimiento y mecánica. Este oficio es administrado por Luis Carlos, primo de Raúl y Jorge. 

El atleta apareció con la cúspide de la cabeza pintada de azul. Llegó a bordo de un taxi, después de caminar el centro de la ciudad aglomerado y decenas de personas buscando alimentos, ropa y otros elementos en medio de la pandemia. Bajó con Moisés, su sobrino, saludó a quienes lo esperaban. Vestido con una sudadera gris recortada hasta antes de la rodilla y con un pequeño roto en el bolsillo izquierdo trasero, trae en su mano una bolsa de papel cartón y entra al paso de las chancletas.

Sus piernas y el tobillo derecho tienen adherido tres parches de color verde. 

En medio del resplandor vespertino y una brisa fresca dijo al entrar a casa que las cintas pegadas a su piel ayudan para relajar el músculo.

Entró al primer cuarto, de puerta marrón y donde duerme, sacó una maleta de ruedas y un maletín que abrió en la sala de la casa. Raúl muestra lo que llevará a su viaje internacional: cinco prendas de vestir, la mayoría camisetas y pantalonetas, tres pares de zapatillas de carrera.

Ha representado a Colombia en dos Suramericanos, el primero fue en Perú en 2019, un Prix de atletismo en Argentina, donde no pudo exhibirse porque no acudió al llamado de la carrera, y Sao Paulo que le espera después de no competir desde noviembre de 2019.

Asalia, quien prefiere que la llamen Rosario, finaliza la rutina de darle de comer a su madre, Josefa Alfaro, de 97 años, y expresa su ilusión de ver a su hijo en unos Juegos Olímpicos. Es una mujer de voz cariñosa, delgada, que usa ropa que cubre su cuerpo hasta el tobillo, cabello largo y sin maquillaje.

Ella se declara aficionada al boxeo y al atletismo de velocidad, al que veía por televisión y recuerda a Carl Lewis y Ben Johnson en las Olimpiadas de los Ángeles 1984 y Atlanta 1996.

“A mí también me gusta el atletismo. Cuando niña era inquieta como Raúl”, advierte. Lo afirma porque el boxeo estuvo primero. Su padre es cartagenero y se puso los guantes para subir al ensogado en unas cuantas peleas. Agrega que su hermano Luis, jugó fútbol, practicó boxeo y sóftbol. Conocido por su velocidad en la cancha y porque estuvo cerca de jugar en la profesional del Junior, hasta que comenzó su vida laboral en una empresa industrial. Le dicen “ranger”. “Te imaginas lo que corría”.


Indumentaria y camisillas que lució en competencias internacionales y empacadas en su maleta antes del viaje a Brasil en diciembre de 2020. (Foto / David Moran).  


Hernán Mena Arias (Turbo 1968), padre de Raúl, docente en una escuela de Punta de Piedra, vereda ubicada a 15 kilómetros de Turbo, Antioquia, fue boxeador estilo olímpico con Colombia en eventos como los Panamericanos de Cuba en 1991 y renunció al ciclo de la olimpiada para combatir en el boxeo de paga. Combatió 17 veces como profesional con un récord de 10 ganadas por nocaut, 6 por decisión y una pérdida, que lo llevó a estar clasificado entre los seis del escalafón de la división de medio ligero de la FIB en 1995, y tener el cinturón latino de la AMB.

El embarazo de Asalia llevó a Hernán a lo que en la comunidad afrocolombiana se conoce como el “chagua” (la barriga de embarazada). Durante ocho meses y antes del nacimiento de Raúl, el 22 julio de 1996, a Hernán le aparecieron dolores en los riñones y en las vías urinarias que lo sacaron de los entrenamientos, y los médicos que lo atendían en la calle 84 no encontraban el origen. 


Raúl Mena con su padre en el año 1996 cuando cumplía su primer año y daba sus primeros pasos. (Archivo personal. (Foto: Archivo familiar) 

Nació Raúl, y Hernán viajó a mitad de año de 1995 a combatir en Mar de Plata, Argentina ante El tigre Aguirre sin tener una buena preparación y al superar sus dolencias. Aceptó por la necesidad y la oferta de buscar un combate de título mundial en los 71 kilos. Cuenta que tumbó al tigre y en los últimos asaltos con el fragor del pleito, la presión local y una herida cerca de su ceja llevó al árbitro a suspender la pelea y cargarle la derrota al colombiano. 

Fue el último pleito que disputó y en su cabeza resuena con lo que uno de los jueces le dijo en medio del bullicio local:

—Colombiano: te robaron la pelea.

Hernán Mena y su apoderado Billy Chams, gerente de la cuerda Cuadrilátero, habían pactado unas expectativas de “buen pago” si ganaba la pelea, más otros dos combates en ese país, pero lo prometido cambió. No se cumplieron las expectativas para Mena Arias quien dice que el dinero que recibió le alcanzó solo para regresar a Barranquilla y luego a Turbo.

No subió más a un ring. Estaba tan preocupado por producir y responder a su paternidad que se lanzó al vacío: dejó a Barranquilla, Asalia y a Raúl. Antes de partir dice que entregó a la familia un par de guantes de 8 y 14 onzas, como las últimas joyas personales de su profesión. Asalia dice que los guantes los retuvo, como un desafío a que ella si quería que su hijo algún día fuera boxeador.

Hernán piso su pueblo para ganarse la vida como organizador de fiestas de picó y fiestas comunitarias que dejaban algunos pesos para enviarlo a la madre y su hijo.

Hernán volvió a tomar a su hijo de la mano con un año de edad al volver a Barranquilla. Estuvo en la ciudad para celebrar el cumpleaños en San Pachito, donde las evocaciones se activan con el olor a sancocho, el pescado y la sazón de los almuerzos preparados en la casa de la madre de Asalia. Las propietarias del restaurante casero recibían los domingos a Hernán y otros boxeadores amigos de Cuadrilátero en sus mesas.

Tres años después Asalia llevó a Raúl a Turbo y no encontró al padre que buscaba empleo en Medellín y alimentaba la llama de estudiar licenciatura en Educación Física en la universidad pública.

En 1995, Hernán Mena ya se había graduado de docente y decidió ir a buscar a su hijo para traerlo a su sombra. En el municipio del Urabá antioqueño Raúl estudió segundo de primaria durante cinco meses y jugaba en el equipo infantil de Urabá Junior, que era dirigido por Pedro Pablo Palacios, amigo de Hernán.

Como un cordero en el prado, la infancia feliz en las calles del municipio de Raúl fueron espontáneas, disfrutaba de sus parientes. Hernán cuenta que mostró sagacidad y habilidades para saltar y correr. Un día lo vio tirando puño a otro niño que lo molestó.

—Clavaba el puño y tenía una velocidad para correr. Eso sí de pequeño se le vio. Así de flaquito y delgadito, muy ágil.

Asalia viajó a Turbo y antes de finalizar el 2005 regresó con Raúl a Barranquilla. Uno de los motivos fue un supuesto descuido en la salud del niño. La madre dice que lo recibió con una infección micótica o micosis en el cuero cabelludo, y en sus manos en casa otra vez, lo rapó para su recuperación.

En el barrio y bajo su regazo hubo tardes y noches en las que el menor andaba con la piel color chocolate, bañado en sudor y agitado de sus carreras a pie limpio sobre el pavimento. Desde la casa número 74—39, la madre gritaba:

—¡Raulito vamos para el colegio!

—¡Nooo mamá!

Raúl estaba acompañado de sus amigos y mohosos.

—Vamos a correr, vamos a correr.

A ellos le daba ventaja para al final ganarles. 

—¡Raulito, deja de correr como loco y cuidado con los carros! —replicó Asalia.

El fútbol, el boxeo, el baloncesto y el atletismo pasaron por la incansable y enérgica etapa de niño y adolescente. La pelota la vio y acarició cuando iba al estadio Romelio Martínez junto a su hermano Jorge que entrenaba en una escuela de fútbol. Las hermanas Pedraza, Asalia y Alicia, acompañaban a los dos niños y veían que, en el borde de la cancha del estadio, el pequeño Raúl corría como un pony en la pista de arena. Era el de más baja estatura de los niños que en ese lugar se encontraba.

El deseo de Hernán era llevárselo a Turbo otra vez. Lo intentó cada fin de año en sus visitas a Barranquilla. Con Asalia no llegaban a acuerdo y volvía a intentar al siguiente diciembre. Ya siendo un adolescente Hernán le dijo a su hijo:

—Quiero que estés conmigo para que conozcas más a la familia y compartas con nosotros, tus abuelos y tíos.

El progenitor sabía que Raúl intentó imitarlo entrenando boxeo en el gimnasio Cuadrilátero. El entrenador Álvaro del Cristo Mercado lo orientó creyendo que la genética podía dar otro pugilista Mena. El día que se encontraron Álvaro del Cristo y Hernán en Barranquilla, gracias a un viaje de un boxeador antioqueño a Cuadrilátero, conversaron:     

—Erda, tu hijo tiene. Tiene… Se mueve, pero no quiere entrenar.

—¿Cómo así?

—Hay que cuidarlo del entorno. Tú lo sabes. Viviste por aquí. Llévatelo para Turbo.

—Sí, eso me tiene pensando.

Hernán sabía que su hijo tenía que elegir de deporte.

En Turbo, en su segunda vez conviviendo padre e hijo en 2011, le preguntó si el boxeo estaba en sus intereses y porque era asistente de entrenamiento de la selección de Turbo.

Raúl rechazó ponerse los guantes, aunque Hernán lo seguía viendo en el fútbol, jugando de lateral izquierdo y siendo derecho. Las carreras con la pelota, la técnica de conducir el balón y las asistencias que daba a sus compañeros en las canchas de arena grisácea lo ilusionaron.

El golpeo con los pies atrajo una oferta para vincularlo a las divisiones menores del Chicó Fútbol Club en Bogotá. Hernán valoró la oferta que no vio oportuna por ser un menor de edad, no lo veía preparado para ser independiente y tenía que corregir algún comportamiento.

El padre tenía en sus manos a un barranquillero desparpajado para su edad, con un vocabulario que lo dejaba con la boca abierta y tenía que sintonizar y moderar. La experiencia de docente le mostraba que los jóvenes de la ciudad comparado con los de pueblos tienen matices muy distintos. Admitió que tenía miedo que la influencia de amistades “pudiera dañarlo” o desviar el camino. Por eso consideró que la oferta podía ser aceptada más adelante.  

En una de sus salidas al final de la jornada escolar del colegio Francisco Luis Valderrama, Raúl sintió atracción por el atletismo, por los saltos. Invitó, reto a sus amigos y Ever, entrenador de velocidad, lo escrutaba. Identificó que era el que más corría y saltaba.

En casa, Raúl le dijo a Hernán:

—Papá yo quiero entrenar atletismo.

—No, no. Espera. Estás en el fútbol.

Hernán comprendió que este adolescente estaba definiendo sus gustos.

—Espera que hable con Eder.

El padre analizó que el fútbol y el atletismo podían complementarse y conformar un mejor futbolista.

En un municipio, donde el tiempo libre es una tentación, la música, las fiestas, la diversión y otras invitaciones Hernán lo cuidaba con celo. Había que tener mano dura y apretarse el cinturón.

—Este pelao hay que mantenerlo ocupado. Estudiando inglés y que no tenga tiempo para estar molestando —dijo Hernán. 

Los inicios en el atletismo fueron en los 110 metros con vallas y después pasó al salto triple y salto de longitud por la competencia de entrenadores de mostrar talentos que competían codo a codo entre los municipios de Apartadó, Chigorodó y Turbo. La técnica básica la aprendió rápido para participar en las fases de los Intercolegiados.

En un chequeo en el estadio Jhon Jairo Trellez, el seleccionador más reputado de atletismo de Antioquia, Jamer Ochoa (fallecido) lo eligió y empezó a profundizar para las modalidades de saltos en el especial en el alto. Hernán Mena y Ochoa se veían en la villa deportiva de Turbo y hablaban del futurible atleta e integrando la selección del potente semillero de deportistas. Fue sincero al admitir que Raúl podía volver a Barranquilla. Su revelación apuntó a encontrar respaldo en el municipio con el director de deportes y a los que conocían a su hijo para retenerlo.

Gilberto Olivero, director de deportes, le dijo a Hernán:

—No, hermano ese hijo tuyo tiene potencial, aunque déjalo que vaya a Barranquilla.

—No, es solo una presión que hago para él. Pero me tienes que ayudar para que se ponga pilas.

Jamer Ochoa, por su parte, al encontrarse con el docente le dijo:

—Ese muchacho tiene talento y cualidades.

—Yo tenía pensado mandarlo a Barranquilla.     

—No, déjalo. No lo mandes. Se te puede desviar. El espíritu de él es muy vivo. Si necesitas los pasajes, lo buscamos y lo mandas después. Lo necesitamos para los departamentales y nosotros contamos con esas medallas.

—Sí eso es lo que no quiero. Tuve un problema de drogas con un hermano mío y eso ha sido duro para la familia, estamos tocado. Eso no lo aceptamos. Nos da miedo.

Varios colegas y entrenadores hablaron con Raúl para persuadirlo. Así llegó a los Juegos en Yarumal en diciembre de 2016.

Tenía perfilada las actitudes físicas, pero no el orden para cumplirle a su papá que apretaba más la rosca de los estudios. Raúl quería estar jugando, y hasta con el baloncesto demostró que sabía lanzar y tener buenos movimientos de pies y piernas. Hernán insistía en la presión que, si no estudiaba, no lo dejaba competir en los Juegos Departamentales de Antioquia. A Hernán, la pérdida de hasta más de cinco materias, le preocupaba.

Hernán a la vez como quien vuela cometa, soltó y atezó la cuerda para mantener el vuelo del papagayo, lo complacía con obsequios como un teléfono móvil que ni el padre lo portaba, pero le subrayaba:

—Yo te traje aquí para que también estudiara.

Con las mañanas libres para entrenar y matriculado en la jornada de la tarde el atletismo fue ganándole al fútbol. Raúl se dio cuenta que había más competencia con los Intercolegiados. 

Antes de los Juegos Departamentales en Yarumal, Antioquia, Raúl recibió de su papá en una libreta en la que escribió un compromiso. En el cuaderno escribió que se levantaría temprano, que iba a tender la cama y que recuperaría los estudios en los que tuvo baja calificación.  

—Papá me disculpo y te cumpliré con lo que escribí.

Raúl participó en Yarumal, ganó las finales de salto largo y alto, esta última con un menos de cuatro semanas de entrenamiento. Convenció que había que llevarlo a la villa deportiva en Medellín para que profundizara en el atletismo y recibiera todos los apoyos. Jamer Ochoa le dijo a Hernán:

—Déjalo que vaya a Barranquilla, que descanse y regrese.   

Mena viajó en diciembre de 2016 desde Montería hacia Barranquilla y con el compromiso de volver el 3 de enero e iniciar la recuperación del noveno grado de bachillerato. No regresó para quedarse en San Pachito.        

—No lo dejaron venir, eso fue lo que me dijo, pero gracias a Dios no se dejó engañar por los vicios que era mi miedo. Estoy orgulloso porque me salió un hijo, y de los buenos, que representa a Colombia en los Olímpicos —dice Hernán Mena desde Turbo. 


El atleta exhibe las medallas ganadas en torneos internacionales representando a Colombia en el salto de longitud. (Foto / David Moran)    

Alicia camina desde el patio de la casa en San Pachito en Barranquilla y llega a la puerta en la terraza, dejó los calderos y comenta que lo de su sobrino es un sueño hecho realidad.

—Le apasionaba correr y correr. Cuando algo se quiere atajar nada lo impide por su velocidad.

Asalia entró hace más de dos décadas a una comunidad cristiana en Soledad, municipio del área metropolitana de Barranquilla. De la experiencia de la lectura de la Biblia, la congregación, el compartir en comunidad y las enseñanzas aprendió que había que tener “cuidado con la fama” e intentó alejar a su hijo de su inclinación por el deporte. “Es que la fama no es bien vista. No lo llevé más al estadio hasta que comenzó en el atletismo y el fútbol con su papá en Turbo, Antioquia”.

De su hijo, de 25 años, la madre hace un retrato de un joven que aún tiene mucho que aprender. Lo hace con una voz casi de hilo no audible, como si no quisiera que él escuchara mientras organiza sus maletas para el viaje al Prix de Sao Paulo, Brasil en diciembre de 2020, y ella habla en primera persona.

“Mientras no te dejes llevar por la corriente del mundo, todo está bien. Tienes que tener un autocontrol. El mundo tiene corrientes que te arrastran y cambias la personalidad a veces por los amigos, y vas cayendo. Por eso vendrá la propuesta del que no te conoce, del que te quiere conocer”.

Raúl sale de su cuarto perfumado, vestido con una camiseta del Junior de Barranquilla, un yin desaliñado en las rodillas, con rotos a la moda, los nuevos tenis negros y trae sus manos su veintena de medallas que cuelgan, se mueven y tañen como pequeñas campanas.—Hay algunas medallas que se partieron —admite Mena.

Antes del atardecer estará en Bogotá para su vuelo a Brasil.

—Tengo que estar a las 4 de la tarde en el aeropuerto y antes de registrarme para el vuelo. Si no viene por mí Orlando Ibarra (presidente de la Liga de Atletismo del Atlántico) pierdo ese vuelo. Yo estoy cansado.

—¿No quieres ir? —pregunta el periodista.

—De ir sí. Lo que estoy es cansado, del entrenamiento.

Raúl encapota la cara de cejas finas, delgadas y un hilo fino de vello. Habla rápido con su boca pequeña y su mirada apunta al jardín para entrar en un diálogo interior. Tiene el pasaporte en la mano. Sus dedos acarician el borde de las páginas que abre y cierra. 

Asalia admite que parece que estuviera fastidiado en todo momento, aunque identifica que es un rasgo de su personalidad.

“El papá de Raúl es así. Para sacarle las palabras... Se quedan como pensativos. Se quedan callados. Cuando hablan la voz se escucha fuerte. A mi hijo le ves la cara y da pena. La apariencia es que es grosero. Quien no lo conoce dice que es bollón. Y no es así”.  

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