En Barranquilla aprendieron a bailar así
La maestra se ha dado cuenta que los jóvenes atienden sin espabilar y escuchan sus enseñanzas. Hay química porque son afros, dice. La piel llama. Ver a Neider con el cabello a ras y Neiker con el pelo crespo más denso, le recuerda a Palenque, Bolívar, a los coterráneos. En el tórrido pueblo –agrega Herrera– los adultos enseñan a los niños a colaborar y ser generosos.
No es la primera clase de danza y el calentamiento que tiene al frente a
los Abello. Neider estudiante de décimo grado, su hermano y Neomar, aprendieron a mover la cintura, porque ni sabían mover los ojos. “Parecíamos
unos palos. No sabíamos bailar”, recuerda Neider.
Entendieron que el baile en Colombia es un patrimonio. Matilde Herrera
los sacó de la vergüenza.
–Muévete con fuerza, mijo –escucharon Neider, Neiker y Neomar.
–¿Esto qué es? –dijo Neider.
Miraban las extremidades inferiores de sus compañeros, que unos segundos después movieron en círculo el pubis y luego se desplazaban junto a la pareja con los pies en compás. Los brazos de los hombres separados, como remos, empujaban el pubis hacia adelante y atrás. Matilde los animó a intentarlo.
Los otros estudiantes desatornillan del
piso las piernas hacía arriba, primero la izquierda y de inmediato la
derecha.
–No sabíamos para dónde iban –dice Neiker.
El baile también soltó carga de las limitaciones de ser migrantes y los liberó para insertarse en el ser barranquillero. Los hermanos y el primo sacaron el valor de la solidaridad. Un mes después los movimientos dancísticos estaban asimilados por imitación.
Neider mostró entusiasmo sin haber sonado el tambor que enciende Matilde. A esa niña y compañera de clase que llegó por primera vez, que no da el paso y está paralizada para repetir la postura del cuerpo, Neiker le indica con paciencia como mover el pie y la cintura.
“Es que somos los mismos negros, aunque hayan nacido en Venezuela. Son
los mismos negros que nos repartían desde el siglo XIV, en la época de la
esclavitud. Ayudamos a la comunidad. Me entusiasmaron mucho. Cuando uno prepara
actos y presentaciones tiene que conseguir personas que le aporten esa energía
positiva y ellos la tenía”, cuenta Herrera.
Neiker fue más osado y, de las paredes grises del colegio, entró a los
desfiles de los carnavales de Barranquilla 2019 y 2020 con Kumbé. Neider acudió
puntual a la cita de Matilde en la Lectura del Bando, La Guacherna y un desfile
en la calle 84; eludió los desfiles de día y la carrera del sol. Con Neomar,
Neiker dignificó el son palenquero con un sexteto. El premio: los aplausos y el
baño de masas de un corredor de gentes. El zapateo, el tronco doblado y el
turbante en la cabeza mostraron además a Neiker como un nuevo danzante del
Congo Grande. El compromiso con la danza involucró y entusiasmó a Naira
Sánchez, que participó en los cortes de vestuario y las gestiones para
conseguir las prendas coloridas.
Neiker Abello y Matilde Herrera antes de una presentación pública en el Carnaval de Barranquilla. (Foto / Archivo particular).
Esta crónica tiene tres contextos 👌 Los Abello, atletas y familia migrante
La educadora física de la institución, Diana de la Hoz había comentado a Matilde Herrera que esa capacidad motriz y corporal de los Abello estaba desarrollada por el atletismo.
En el segundo semestre de 2018 y en el curso de décimo grado, Neider se
presentó a Diana con un formato de papel que le entregó Aymer Castillo, su
entrenador de atletismo, para inscribirse a los Juegos Supérate.
Ese año debutó en las competencias escolares, y Diana de la Hoz al verlo
correr sacó emociones desconocidas. Toda una descarga vehemente de su voz y
grabados en sus videos personales. La fascinación por su alumno llevó a la
docente a revisar las grabaciones en el reposo de su casa. Los gritos volvían a
escucharse y sus familiares sorprendidos, porque desconocían esa alteración
intensa, agradable y fugaz por las zancadas de Neider.
Esta mujer admirada entre sus colegas del instituto Costa Caribe por
resistir a una enfermedad, el día que presenció en vivo la carrera de Neider
dijo: “Es un berraco”.
Diana De la Hoz oteó como el marinero que su alumno estaba para llegar a
puertos lejanos, y junto a la rectora del colegio, Senia Julio Alegría, viajó
con recursos propios para acompañarlo en los Juegos Supérate en
Bogotá.
Por primera vez en 25 años, un estudiante del Costa Caribe, llegaba a la
última fase de las justas y las dos profesoras fueron testigos del puesto tres
en la final de los 400 vallas (59.08) y un quinto lugar en los 110 metros con
vallas (15.46) de Neider.
Sus logros lo hicieron visible en la comunidad educativa y aún más con
su constancia y responsabilidad, que motivó a los docentes y rectora a
obsequiarle un teléfono móvil. Fue su primer aparato en Colombia para recibir
los planes de entretenimiento que Aymer Castillo.
El entrenador Aymer Castillo vio la evolución de Neider en la velocidad
con vallas e identificó que intensificando la resistencia podría lanzarlo en la
categoría juvenil al siguiente año. El 17 de agosto de 2019, la carrera final
de la vuelta completa a la pista con obstáculos en el Campeonato Nacional Sub
18 en Bogotá, Neider logró el tercer lugar con marca de 55 segundos 78
centésimas, y un sexto lugar en los 110 metros con vallas (15.30). Los
registros mejoraron con respecto al 2018 y la adaptación al atletismo de
Barranquilla.
A diciembre de 2019 en la capital del Atlántico había 93.140 personas
que llegaron de Venezuela. El departamento se ubicaba como el tercer territorio
con más inmigrantes del vecino país. Bogotá (352.431) y Norte de Santander
(202.727) encabezaron el corte con el 19% y 11%
respectivamente.
En las jornadas vespertinas de 2019 y cursando once de bachillerato,
Neider tenía el permiso de salir después de las tres primeras horas y acudir a
los entrenamientos en el estadio de atletismo.
Antes del timbre de comenzar las clases, Neider se enfrentó a la fatiga
y el hambre: si desayunaba, quizás no había almuerzo. O podía disfrutar de este
en el comedor del colegio o con lo producido por Naira o Delmiro al final de la
tarde.
En aquella jornada de comienzo de año y con mil pesos en el bolsillo,
Neider tuvo la tentación de merendar un dedito de harina y queso, más una
gaseosa que compró en una tienda, aunque él prefiere llamarlo “cantina”. Pisó la terraza abierta de la tienda en donde había personas de pie y consumiendo cervezas. Por la merienda pagó
mil pesos (menos de un dólar), que es el costo para montarse en los transportes
no legales, llamado dacias que transitaban y podían llevarlo hasta unos 800 metros del estadio de atletismo Rafael Cotes.
Neider esperó a la rectora Senia Julio Alegría y Diana de la Hoz para
garantizar el pasaje hacia el escenario. Las docentes no llegaron al colegio
que cuenta con una comunidad de 1.027 estudiantes y 13 salones para dos
jornadas. A las 2:10 de la tarde, Neider cargó el maletín a la espalda, salió,
pasó por entre los árboles de totumo sembrados en los exteriores del colegio y se fue hacia La Cordialidad. En su bolso había dos libretas, un bolígrafo; vestía el uniforme de educación física azul
oscuro, de líneas blancas en el pantalón de la sudadera, suéter blanco en
mangas azul, los zapatos color cielo, marca asics, talla 42 (10,5) y entregados
como regalo en su primera participación en los Juegos Intercolegiados de 2018.
Había decidido irse a pie. La caminata comenzó y luego pasó a más trotes hacia el estadio
Metropolitano. Eligió ir en contra vía y por el arcén de la Circunvalar
sentido norte sur. Descartó pedir un viaje gratis o saltar por encima de un
torniquete de un bus de las cinco rutas del suroccidente de Barranquilla que
transitan con cientos de personas en transporte colectivo.
El docente de Idiomas, Amilcar Niño terminó su jornada a las 2:20 de la
tarde, atravesó la Circunvalar, pagó los 1.000 pesos para subirse a la dacia y
viajar en los dos puestos traseros encarpados. Sentado sobre la punta de la
banca de madera de la derecha, que ofrece la perspectiva de ver los vehículos
que vienen detrás y sin apuntar a un destino, clavó la mirada en un joven que
corría del otro lado de la orilla de la Circunvalar cerca de las Cayenas y
dijo:
–Parece Neider.
Apretó los ojos, detalló y echó el cuello y la cabeza hacia adelante y
agregó:
–Sí, es él.
El profesor Amilcar Niño bajó de la dacia en el centro comercial, cerca
del puente de la Murillo, caminó a su casa desde donde llamó unas horas después
a Diana de la Hoz para contarle lo que había visto del alumno.
Neider llegó con la espalda sudada al estadio. Neiker, que había sido incluido en la lista de deportistas apoyados de Indeportes, lo vio entrar a la pista. Los dos hermanos, que han mantenido la puntualidad, esta vez el primero en llegar fue Neiker, mientras Neider había recorrido los 8,9 kilómetros en 24 minutos. Llegó solo para cambiarse y estirar antes de comenzar la jornada de entrenamientos.
Al día siguiente, el docente Amilcar Niño buscó al estudiante y le preguntó:
–¿Qué pasó ayer? Te vi corriendo para llegar al estadio.
–No tenía para pagar el transporte. Me dio pena pedirlo.
–Falta de confianza. Hemos podido solucionarlo y estamos para ello.
Habla con la rectora.
Diana de la Hoz mientras enseñaba a un grupo de estudiantes una clase
en la única cancha techada, de piso gris en la institución, llamó a Neider que
pasaba por allí:
–¿Neider por qué te fuiste a pie al estadio?
–Seño, si usted no vino, ni la rectora. No tenía para el
pasaje.
–¿Y por qué no te acercaste a uno de los docentes para que te diera el
dinero?
Neider abrió sus brazos y ciñó a Diana, con una ternura, como el que
guarda una flor secreta, y agregó con la cabeza abajo sobre su hombro:
–Eso para mí no es nada. Ese recorrido me sirve de entrenamiento.
No fue la primera vez que corrió 8,9 kilómetros de la Circunvalar.
–No sabía irme por otra ruta.
Y fue la última vez. La sonrisa de Neider
parecía las alas de una mariposa: expandía los labios y su cara irradiaba a
Diana de la Hoz que cazaba el gesto. La maestra animó a sus colegas y rectora a
reunir un dinero para que Neider tuviera garantizado sus pasajes.


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