Los masajes de Asalia


La madre del atleta Raúl Mena hizo de masajista en la mesa del comedor de su casa para recuperarlo de los fuertes entrenamientos entre 2020 y principio de 2021. (Foto / David Moran) 
 

Quinta crónica de la serie sobre el atleta Raúl Mena. Por la pandemia no obtiene la visa americana, se esfuma su ida a Estados Unidos y se pierde el Mundial de Relevos en Polonia.

Por Nilson Romo Mendoza

@nilsonromom


Raúl Mena sigue buscando cierta complicidad con su madre. En la terraza de la casa, esperando la hora para entrenar en el estadio Rafael Cotes llegó la buena noticia.

Los ojos pequeños, redonditos y negros miran a Asalia y le pregunta:

—¿Cuándo fue que me llamaron? 

Asalia está sentada en una silla de plástico salmón, del color de las paredes de la fachada de la casa, cruzada de piernas, vestida con una camisa blanca, una falda larga de cuadros y rectángulos, que dejan ver el final de las pantorrillas. El músculo del sóleo y el tendón de Aquiles está delineado como los de su hijo. Levanta las cejas negras y abre los ojos que brillan más frente al resplandor de luz que revienta la calle 74 con carrera 67.

El lunes 15 de febrero de 2020 llamaron a Raúl para informarle que estará en una gira en Estados Unidos y luego competirá en el V Mundial de Relevos en Polonia.

La madre asiente al hijo.

—Sí, el lunes llamaron—reafirma Mena con palabras rápidas que salen de su boca pequeña, sin articular la letra s.

Orlando Ibarra, presidente de la Liga de Atletismo del Atlántico, lo había llamado:

—Ponle seriedad a la vaina porque vas para el Mundial de Polonia —le dijo.

El Mundial es una de las competencias nuevas e innovadoras de la World Athletic, que reemplazó a la IAAF como máximo organismo del atletismo.

Después de la hora del almuerzo en Barranquilla hay una atmósfera de bochorno, y Asalia conversa con su hermana mayor Alicia Alfaro. Josefina Alfaro, de 97 años y madre de ellas, duerme como un bebé en el segundo cuarto de la vivienda. Es un momento de descanso para Asalia que atiende a su progenitora enferma. La adultez mayor de la madre la obliga a ser su sombra.

Raúl se levantó de la cama, en el primer cuarto, refrescado por un abanico y rodeado de un altar en la pared con las medallas y un closet grande de madera.



Raúl Mena tiene su propio espacio en su cuarto donde cuelga todas sus medallas ganadas y reconocimientos.  (Foto / David Moran)  

Se vistió con una camisa gris arrugada y una pantaloneta que caía antes de la rótula y mostraba el parche verde en su rodilla derecha.  

 —El Mundial de Relevo es algo nuevo —dice Raúl.

—Y te acuerdas que Usain Bolt estuvo en ese evento —agrega Asalia.

—El entrenador de Colombia me quiere allá, entrenando con ellos. Quieren saber en qué forma me encuentro. Eso fue lo que me contó Orlando Ibarra. Que me olvidara del salto largo. Que me dedicara a correr.

El mensaje para Raúl es como el agua. Evitar los saltos e impactos en los tobillos, buscar la marca para quedar en el equipo de relevo y demostrarlo en la gira por Europa.

—Fíjate que la semana pasada volví a saltar y me corté.

El 10 de febrero de 2020, Michael Gutiérrez volvió a incluir en las prácticas saltos. Esta vez con una plataforma de impulso sobre la tabla de pique, donde el atleta inicia la fase de vuelo. En el quinto salto, Raúl cayó en el cajón de arena, con sus pies separados, medias cortas rojas, los clavos de la zapatilla derecha rasgaron los músculos flexores que recubren el tobillo izquierdo. La herida abierta y superficial parecía dos zarpazos de un felino. Sangraba y para bajar su ardor se echó agua antes de llegar a su casa.

Asalia lo recibió, vio sorprendida las dos punzantes líneas de 9 y 11 centímetros, y dijo con algo de rabia: 

—¿Qué te paso? ¿Esos son puntos de sutura o mariposa? ¿Cómo es posible que no te hayan llevado a un centro médico?

Mena se entregó a las manos, los dedos largos con uñas cortas de su madre; lavó la herida metiendo los pies en una ponchera plástica y aplicó una crema para sanar la piel.

La cicatriz nueve días después cerró. Lo que sigue abierto es el cuestionamiento sobre la atención próxima y cuidado en caso de accidente a los deportistas en Barranquilla.

—¿Qué pasa con el deporte de alto rendimiento? ¿Qué pasa con el deportista? Mientras están fuera del país todo lo tienen. Aquí pareciera que es cuidarse como puedan. No hay un cuerpo médico que esté dedicado a ellos. A brindar atenciones —dice Asalia.



Cicatriz en el pie izquierdo de Raúl Mena por  un aterrizaje entrenando salto de longitud en Barranquilla.(Foto / David Moran) 

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La intensidad mínima de estímulo, que despierta la sensación de un aguijón en el tobillo izquierdo y otro detrás de la rodilla derecha, también moldea el carácter de Mena. Dos semanas antes de confirmarse su llamado al equipo nacional de relevo, había expresado que estaba pensando en irse a Ecuador, donde Nelson Gutiérrez y Anthony Zambrano tienen su base de entrenamientos.

Había terminado una de las carreras en la recta de 100 metros, en cada mano agarraba las zapatillas blancas, pie descalzo y volvía a expresar su fastidio, estrés y tensión. Los hábitos de solo entrenar, descansar, comer y solo tener un polvo de proteína, que disuelto en agua le ayudan en su desgaste y recuperación, lo tenía pensando en dejar la ciudad y buscar un mejor apoyo. Otro destino.

El tubo cilíndrico en el que saca el polvo de proteína, dice que lo regaló la Federación Colombiana de Atletismo. Y sin un fisioterapeuta a su lado al final de cada jornada, que lo atendiera con sus manos, seguía disparando los picos altos de tensión.   

Los parches verdes, que después de cuatro días muestran unas erupciones y puntitos blancos en la superficie, síntoma de desgaste, estaban pegados a la piel de Mena para aminorar las dolencias en el músculo semimembranoso.

Raúl dice que carga un mono en los hombros. Levanta los hombros, aprieta los puños para mostrar que el cuerpo a veces es como el de un fisicoculturista: duro y tenso.

—Da rabia. Uno está entrenando porque la exigencia es muy fuerte. El lunes, carga y muchas carreras; el martes, las pesas; el miércoles, transferencias. Y de pronto no se tiene la recuperación y al día siguiente amanezco agotado. Son cosas que uno dice: No joda. Quiero estar al tope. Y mientras los otros están bien ‘bacano’, en su recuperación después del entrenamiento (se refiere a otros atletas del país con mejor apoyo), terminan y dicen vamos al fisioterapeuta. Te recuperas para el siguiente día. Estás al 100 por ciento.

No quiere señalar a quién le compete esas falencias que tiene la estructura del deporte en Barranquilla, porque Mena entendió que es mejor forzar la máquina del cuerpo, sufrir y demostrar en competencia su valor. Lo aprendió de Anthony Zambrano: sufre, entrena, si te quejas es para dar mejores resultados. Y con dos meses de 2021 sin aún recibir los pagos de apoyo del gobierno local por ser un deportista que representa a su departamento, se mordió la lengua en la crítica.

Volver a casa la noche de un martes es para Mena Pedroza como el boxeador en el asalto diez que da pasos con botas de metal, los brazos caídos y camina exhausto hacia la esquina del cuadrilátero. Asalia, algunas veces, lo recibe con su plato favorito: carne en bistec, pero antes atisba los párpados caídos, la voz baja y lo invita a tumbarse en la sala, sobre la mesa de comedor que pierde su vestido de tela, desplaza dos elementos decorativos, y se tambalea cuando carga bocabajo a Raúl.

La madre escucha:

—Estoy reventao. Estoy contra las cuerdas.

Y ordena:

—Acuéstate.

Asalia, se despoja de sus lentes, agarra un mazo de madera negro que pasa suavemente y en círculos por la espalda de Raúl.

—Ahora que te toqué con las manos sentí ese músculo duro.


 (Video / David Moran)  

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Es la madre masajista que en otra oportunidad dice que ha usado botellas para relajar el cuerpo de su hijo. Los dos agotados por el día a día y hay fuerzas para fortalecer el lazo de cariño.

Es como si el cordón umbilical los mantuviera todavía unidos. Él la escucha con mucha atención.

Aquí en Barranquilla es lo que salga, y de pronto le digo: mamá colabórame con los masajes. Igual tampoco es su ciencia, no es una persona especialista en eso. Me puede ayudar en lo que puede. En lo que sepa, y no es lo mismo tener su fisio, médico, nutricionista.

Asalia ha aprobado sus respuestas.    

—Esto es al ojo —agrega.

—Uno sube aquí dos kilos y lo que se puede imaginar. A la naturaleza. A veces sin ayuda y sin proteínas. Hace dos meses que estoy tomando proteínas, y como dicen por ahí, no joda, es por talento y berraquera que uno hace esto, porque le gusta.

Raúl produce un sonido como si se chupara los dientes y la boca, sin abrirla, juntando sus labios delgados, y es el fastidio.

—¿Darle bombo? A nadie. Uno aquí sale solo.

—Sí es verdad —asiente Asalia.

—Cuando las cosas están claras es que la gente quiere venir a decir que dieron estos apoyos. Mientras que la persona está agobiada y necesita la ayuda. Que está corriendo con los spikes rotos, que no hay para el transporte. Te dicen que sí van a colaborar, pero después… Entonces si la persona está clara, dicen que empezó agrandarse. Por eso no me doy mala vida. De quejarme. Ellos tienen que venir donde uno.

La invitación a Estados Unidos y el viaje a Polonia permitió conocer a un Mena prudente. Que quiso guardar distancia. Se mostraba más serio, tímido, “penoso” como lo define Jorge, su hermano.

Asalia definió ese estado de su hijo como el de un hombre que sabe “cuando debe mostrarse”.

—Ay mi negro se me va —dijo aquella noche.

Jorge, cinco años mayor que Raúl, y una estatura de 1,74 centímetros, más ancho, brazos y bíceps muy trabajados, le escribió a su teléfono y le dijo que lo esperaba en el Parque Cisneros.

Raúl se levantó del mueble de la sala, junto a la ventana de la fachada de la casa y en la pared que cuelga la foto de los niños de Asalia. Se fue a cambiar, y su madre contó que su hijo aún no tiene en mente comprometerse.

—Raúl aún no me ha presentado una novia oficial. Ha traído amigas. Una de ellas, muy bonitas, pero sabía que no era el tipo de mujer para él.

Sobre la otra amiga, agrega Asalia, que un tiempo después tuvo un hijo con un conocido del barrio que no tenía buena reputación.

Raúl aún tenía la cabeza pintada de azul cuando apareció en pantaloneta negra y camisilla rojo mermelada en la terraza.


Raúl Mena juega con gordon, el perro de la casa en San Pachito.   (Foto / David Moran) 

Su hermano llegó en su bicicleta después de las 7:00 de la noche y le dijo:

Te estaba esperando en el parque.

Pensé que me ibas a llamar. Vamos.

Pasaron por la calle 74 en el bolsillo de SanPachito, y en un sardinel, Edwin, el barbero y peluquero, anunció que se iba a cambiar de local para la calle 72.

Camino al Parque Cisneros, Jorge fue sincero y tuvo un vaticinio:

Somos prudentes por esa invitación, que no sabemos si se dará. Raúl es tímido, penoso. Por es así de callado. Él no quiere elevar expectativas.

Había preocupación con los gastos de transportes, las vitaminas que tenía que consumir para recuperarse y aguantar las cargas.

Raúl insistía en la calcificación en el tobillo, que es un depósito de calcio en el tejido blanco, y causadas por los esguinces permanentes.  

Es algo duro. Uno lo toca y el músculo solda. Se hace una masilla cuando la sangre coagula y la protuberancia hay que bajarla con masajes. Indeportes el año pasado decía que no había médico, que las próximas semanas iban a hablar para las terapias. Orlando Ibarra es el único que me ha colaborado. Me dice: Hey muñeco. Me tira para la liga, los pasajes, que a veces tengo.

Las sesiones de entrenamiento diarias y vespertina en el estadio marcaban el sendero y ahora la esperanza era recibir el primer apoyo del Gobierno local en 2021. Al igual que otros atletas, en medio del primer pico alto del coronavirus en Barranquilla en el nuevo año, la autoridad aplazaba estas decisiones.   

—¿Mena qué tiene? —pregunta el periodista en la pista del estadio.

—Hey menor (Juan Mayo) viste ¿cómo está Mena?

Juan Mayo permanece en silencio y lo rompe unos segundos después.

—Anda rebelde. No vino en la mañana y no creo que venga en la tarde. Hasta se salió del grupo de WhatsApp. Me di cuenta ahora que llegué a almorzar a la casa.

Michael Gutiérrez intenta dar respuesta a la reacción de Raúl Mena.

—¿Qué pasa? Hay que trabajar la cabeza. Él a veces no escucha a nadie.

Orlando Ibarra estaba en el escenario y le quitó hierro a las actitudes del atleta:

—Él está así por el proceso de la visa, porque está cerrada la Embajada de Estados Unidos para entregar el documento.

El jueves 11 de marzo, Michael y Raúl fueron notificados que no fue aceptada la solicitud de visa de emergencia.

Veinte días después, el 15 de marzo, el viaje de Raúl Mena a Estados Unidos y la invitación al Mundial del Relevo en Polonia se esfumó.

Michael y Raúl dicen que no hubo viaje, pero sí deudas con el préstamo de más de un millón de pesos (300 dólares) en la gestión de la visa.


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