Los masajes de Asalia
Quinta crónica de la serie sobre el atleta Raúl Mena. Por la
pandemia no obtiene la visa americana, se esfuma su ida a Estados Unidos y se pierde el Mundial de Relevos en Polonia.
Por Nilson Romo Mendoza
Raúl Mena sigue buscando cierta complicidad con su
madre. En la terraza de la casa, esperando la hora para entrenar en el estadio
Rafael Cotes llegó la buena noticia.
Los ojos pequeños, redonditos y negros miran a
Asalia y le pregunta:
—¿Cuándo fue que me llamaron?
Asalia está sentada en una silla de plástico
salmón, del color de las paredes de la fachada de la casa, cruzada de piernas,
vestida con una camisa blanca, una falda larga de cuadros y rectángulos, que
dejan ver el final de las pantorrillas. El músculo del sóleo y el tendón de
Aquiles está delineado como los de su hijo. Levanta las cejas negras y abre los
ojos que brillan más frente al resplandor de luz que revienta la calle 74 con carrera 67.
El lunes 15 de febrero de 2020 llamaron a Raúl para
informarle que estará en una gira en Estados Unidos y luego competirá en el V
Mundial de Relevos en Polonia.
La madre asiente al hijo.
—Sí, el lunes llamaron—reafirma Mena con palabras
rápidas que salen de su boca pequeña, sin articular la letra s.
Orlando Ibarra, presidente de la Liga de Atletismo
del Atlántico, lo había llamado:
—Ponle seriedad a la vaina porque vas para el
Mundial de Polonia —le dijo.
El Mundial es una de las competencias nuevas e
innovadoras de la World Athletic, que reemplazó a la IAAF como máximo organismo
del atletismo.
Después de la hora del almuerzo en Barranquilla hay
una atmósfera de bochorno, y Asalia conversa con su hermana mayor Alicia
Alfaro. Josefina Alfaro, de 97 años y madre de ellas, duerme como un bebé en el
segundo cuarto de la vivienda. Es un momento de descanso para Asalia que
atiende a su progenitora enferma. La adultez mayor de la madre la obliga a ser
su sombra.
Raúl se levantó de la cama, en el primer cuarto,
refrescado por un abanico y rodeado de un altar en la pared con las medallas y
un closet grande de madera.
Se vistió con una camisa gris arrugada y una pantaloneta que caía antes de la rótula y mostraba el parche verde en su rodilla derecha.
—El Mundial de Relevo es algo nuevo —dice
Raúl.
—Y te acuerdas que Usain Bolt estuvo en ese evento
—agrega Asalia.
—El entrenador de Colombia me quiere allá,
entrenando con ellos. Quieren saber en qué forma me encuentro. Eso fue lo que
me contó Orlando Ibarra. Que me olvidara del salto largo. Que me dedicara a
correr.
El mensaje para Raúl es como el agua. Evitar
los saltos e impactos en los tobillos, buscar la marca para quedar en el equipo de relevo y
demostrarlo en la gira por Europa.
—Fíjate que la semana pasada volví a saltar y me
corté.
El 10 de febrero de 2020, Michael Gutiérrez volvió
a incluir en las prácticas saltos. Esta vez con una plataforma de impulso sobre
la tabla de pique, donde el atleta inicia la fase de vuelo. En el quinto salto,
Raúl cayó en el cajón de arena, con sus pies separados, medias cortas rojas,
los clavos de la zapatilla derecha rasgaron los músculos flexores que recubren
el tobillo izquierdo. La herida abierta y superficial parecía dos zarpazos de un felino.
Sangraba y para bajar su ardor se echó agua antes de llegar a su casa.
Asalia lo recibió, vio sorprendida las dos punzantes líneas de 9 y 11 centímetros, y dijo con algo de rabia:
—¿Qué te paso? ¿Esos son puntos de sutura o
mariposa? ¿Cómo es posible que no te hayan llevado a un centro médico?
Mena se entregó a las manos, los dedos largos con
uñas cortas de su madre; lavó la herida metiendo los pies en una ponchera
plástica y aplicó una crema para sanar la piel.
La cicatriz nueve días después cerró. Lo que sigue
abierto es el cuestionamiento sobre la atención próxima y cuidado en caso de
accidente a los deportistas en Barranquilla.
—¿Qué pasa con el deporte de alto rendimiento? ¿Qué
pasa con el deportista? Mientras están fuera del país todo lo tienen. Aquí
pareciera que es cuidarse como puedan. No hay un cuerpo médico que esté
dedicado a ellos. A brindar atenciones —dice Asalia.
👉Correr 400 metros es para locos
La intensidad mínima de estímulo, que despierta la
sensación de un aguijón en el tobillo izquierdo y otro detrás de la rodilla
derecha, también moldea el carácter de Mena. Dos semanas antes de confirmarse
su llamado al equipo nacional de relevo, había expresado que estaba pensando en
irse a Ecuador, donde Nelson Gutiérrez y Anthony Zambrano tienen su base de
entrenamientos.
Había terminado una de las carreras en la recta de
100 metros, en cada mano agarraba las zapatillas blancas, pie descalzo y volvía
a expresar su fastidio, estrés y tensión. Los hábitos de solo entrenar,
descansar, comer y solo tener un polvo de proteína, que disuelto en agua le
ayudan en su desgaste y recuperación, lo tenía pensando en dejar la ciudad y
buscar un mejor apoyo. Otro destino.
El tubo cilíndrico en el que saca el polvo de
proteína, dice que lo regaló la Federación Colombiana de Atletismo. Y sin un
fisioterapeuta a su lado al final de cada jornada, que lo atendiera con sus
manos, seguía disparando los picos altos de tensión.
Los parches verdes, que después de cuatro días
muestran unas erupciones y puntitos blancos en la superficie, síntoma de
desgaste, estaban pegados a la piel de Mena para aminorar las dolencias en el
músculo semimembranoso.
Raúl dice que carga un mono en los hombros. Levanta
los hombros, aprieta los puños para mostrar que el cuerpo a veces es como el de
un fisicoculturista: duro y tenso.
—Da rabia. Uno está entrenando porque la exigencia
es muy fuerte. El lunes, carga y muchas carreras; el martes, las pesas; el miércoles,
transferencias. Y de pronto no se tiene la recuperación y al día siguiente
amanezco agotado. Son cosas que uno dice: No joda. Quiero estar al tope. Y
mientras los otros están bien ‘bacano’, en su recuperación después del
entrenamiento (se refiere a otros atletas del país con mejor apoyo), terminan y
dicen vamos al fisioterapeuta. Te recuperas para el siguiente día. Estás al 100
por ciento.
No quiere señalar a quién le compete esas falencias
que tiene la estructura del deporte en Barranquilla, porque Mena entendió que
es mejor forzar la máquina del cuerpo, sufrir y demostrar en competencia su
valor. Lo aprendió de Anthony Zambrano: sufre, entrena, si te quejas es para dar
mejores resultados. Y con dos meses de 2021 sin aún recibir los pagos de apoyo del
gobierno local por ser un deportista que representa a su departamento, se
mordió la lengua en la crítica.
Volver a casa la noche de un martes es para Mena Pedroza como el boxeador en el asalto diez que da pasos con botas de metal, los brazos caídos y camina exhausto hacia la esquina del cuadrilátero. Asalia, algunas veces, lo recibe con su plato favorito: carne en bistec, pero antes atisba los párpados caídos, la voz baja y lo invita a tumbarse en la sala, sobre la mesa de comedor que pierde su vestido de tela, desplaza dos elementos decorativos, y se tambalea cuando carga bocabajo a Raúl.
La madre escucha:
—Estoy reventao. Estoy contra las
cuerdas.
Y ordena:
—Acuéstate.
Asalia, se despoja de sus lentes,
agarra un mazo de madera negro que pasa suavemente y en círculos por la espalda
de Raúl.
—Ahora que te toqué con las manos sentí
ese músculo duro.
👉No es barrista, es un aficionado al Junior
Es la madre masajista que en otra oportunidad dice que ha usado botellas para relajar el cuerpo de su hijo. Los dos agotados por el día a día y hay fuerzas para fortalecer el lazo de cariño.
Es como si el cordón umbilical los mantuviera
todavía unidos. Él la escucha con mucha atención.
—Aquí en Barranquilla es lo que salga, y de pronto le digo: mamá
colabórame con los masajes. Igual tampoco es su ciencia, no es una persona
especialista en eso. Me puede ayudar en lo que puede. En lo que sepa, y no es
lo mismo tener su fisio, médico, nutricionista.
Asalia ha aprobado sus respuestas.
—Esto es al ojo —agrega.
—Uno sube aquí dos kilos y lo que se puede imaginar. A la
naturaleza. A veces sin ayuda y sin proteínas. Hace dos meses que estoy tomando
proteínas, y como dicen por ahí, no joda, es por talento y berraquera que uno
hace esto, porque le gusta.
Raúl produce un sonido como si se chupara los
dientes y la boca, sin abrirla, juntando sus labios delgados, y es el fastidio.
—¿Darle bombo? A nadie. Uno aquí sale solo.
—Sí es verdad —asiente Asalia.
—Cuando las cosas están claras es que la gente quiere venir a
decir que dieron estos apoyos. Mientras que la persona está agobiada y necesita
la ayuda. Que está corriendo con los spikes rotos, que no hay para el transporte.
Te dicen que sí van a colaborar, pero después… Entonces si la persona está
clara, dicen que empezó agrandarse. Por eso no me doy mala vida. De quejarme.
Ellos tienen que venir donde uno.
La invitación a Estados Unidos y el viaje a Polonia
permitió conocer a un Mena prudente. Que quiso guardar distancia. Se mostraba
más serio, tímido, “penoso” como lo define Jorge, su hermano.
Asalia definió ese estado de su hijo como el de un
hombre que sabe “cuando debe mostrarse”.
—Ay mi negro se me va —dijo aquella noche.
Jorge, cinco años mayor que Raúl, y una estatura de
1,74 centímetros, más ancho, brazos y bíceps muy trabajados, le escribió a su
teléfono y le dijo que lo esperaba en el Parque Cisneros.
Raúl se levantó del mueble de la sala, junto a la
ventana de la fachada de la casa y en la pared que cuelga la foto de los niños
de Asalia. Se fue a cambiar, y su madre contó que su hijo aún no tiene en mente
comprometerse.
—Raúl aún no me ha presentado una novia oficial.
Ha traído amigas. Una de ellas, muy bonitas, pero sabía que no era el tipo de
mujer para él.
Sobre la otra amiga, agrega Asalia, que un tiempo
después tuvo un hijo con un conocido del barrio que no tenía buena reputación.
Raúl aún tenía la cabeza pintada de azul cuando
apareció en pantaloneta negra y camisilla rojo mermelada en la terraza.
Raúl Mena juega con gordon, el perro de la casa en San Pachito. (Foto / David Moran)
Su hermano llegó en su bicicleta después de las 7:00 de la noche y le dijo:
—Te estaba esperando en el parque.
—Pensé que me ibas a llamar. Vamos.
Pasaron por la calle 74 en el bolsillo de SanPachito, y en un sardinel, Edwin, el barbero y peluquero, anunció que se iba a
cambiar de local para la calle 72.
Camino al Parque Cisneros, Jorge fue sincero y tuvo
un vaticinio:
—Somos prudentes por esa invitación, que no sabemos si se dará. Raúl es tímido, penoso. Por es así de callado. Él no quiere elevar expectativas.
Había preocupación con los gastos de transportes, las vitaminas que tenía que consumir para recuperarse y aguantar las cargas.
Raúl
insistía en la calcificación en el tobillo, que es un depósito de calcio en el
tejido blanco, y causadas por los esguinces permanentes.
—Es
algo duro. Uno lo toca y el músculo solda. Se hace una masilla cuando la sangre
coagula y la protuberancia hay que bajarla con masajes. Indeportes el año
pasado decía que no había médico, que las próximas semanas iban a hablar para
las terapias. Orlando Ibarra es el único que me ha colaborado. Me dice: Hey
muñeco. Me tira para la liga, los pasajes, que a veces tengo.
Las sesiones de entrenamiento diarias y vespertina
en el estadio marcaban el sendero y ahora la esperanza era recibir el primer apoyo
del Gobierno local en 2021. Al igual que otros atletas, en medio del primer
pico alto del coronavirus en Barranquilla en el nuevo año, la autoridad
aplazaba estas decisiones.
—¿Mena qué tiene? —pregunta el periodista en la
pista del estadio.
—Hey menor (Juan Mayo) viste ¿cómo está Mena?
Juan Mayo permanece en silencio y lo rompe unos
segundos después.
—Anda rebelde. No vino en la mañana y no creo que
venga en la tarde. Hasta se salió del grupo de WhatsApp. Me di cuenta ahora que
llegué a almorzar a la casa.
Michael Gutiérrez intenta dar respuesta a la
reacción de Raúl Mena.
—¿Qué pasa? Hay que trabajar la cabeza. Él a veces
no escucha a nadie.
Orlando Ibarra estaba en el escenario y le quitó
hierro a las actitudes del atleta:
—Él está así por el proceso de la visa, porque
está cerrada la Embajada de Estados Unidos para entregar el documento.
El jueves 11 de marzo, Michael y Raúl fueron
notificados que no fue aceptada la solicitud de visa de emergencia.
Veinte días después, el 15 de marzo, el viaje de
Raúl Mena a Estados Unidos y la invitación al Mundial del Relevo en Polonia se
esfumó.
Michael y Raúl dicen que no hubo viaje, pero sí
deudas con el préstamo de más de un millón de pesos (300 dólares) en la gestión de la visa.






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